Prólogo

lunes, 26 de septiembre de 2011

Toda decisión tiene su consecuencia. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y así fue cómo ocurrió todo...

- Quiero una guitarra... eléctrica...

- ¿Una guitarra?¿Para qué quieres una guitarra, si no has tocado una en tu vida? Además, yo no pienso pagarla... - pensó en estrangularlo allí mismo, pero de que serviría, al final siempre hacia lo que le salía de los cojones.

- Pues deberías. Estás minando mi capacidad creativa. Y luego está el tema económico. Imagina que se me da bien. Monto un grupo de rock y nos forramos... las chatis estarían a las puertas, tirándose de los pelos para ser una de las primeras en entrar en el backstage... - el argumento es irrefutable, se dijo a sí mismo. Quién es él para negarme semejante orgía de éxito.


- Tú estas loco. No tienes dinero, ni trabajo, ni siquiera tienes un plan de futuro, y estás aquí discutiendo conmigo para que te compre una guitarra. Ni hablar del peluquín. Trabaja y compratela tú, sí tan claro lo tienes.

Ningún problema, pensó nuestro joven protagonista. El verano estaba a punto de comenzar. Vivía en una ciudad costera, en plena expansión inmobiliaria. Los turistas se mataban por el sol y la playa. El trabajo abundaba por todas partes. Sólo era necesario salir a la calle una mañana, preguntar en algún sitio y ya tendría ingresos para la soñada guitarra. Además, sólo trabajaría un verano. En una sola temporada obtendría lo necesario incluso para el amplificador y todos los accesorios que quisiera.

En su barrio había un restaurante muy conocido que siempre estaba concurrido. Los fines de semana solía asomarse al balcón de su casa para disfrutar del intenso olor a carne a la brasa que inundaba el ambiente. Aquí se tiene que comer bien, pensó. Puestos a elegir un trabajo, que sea uno donde te den bien de comer. Pobre iluso. Aún no sabía que un camarero no necesita comer. Es más, es probable que tampoco necesite dormir.

Y así fue como se presentó a las puertas del Goblin. El cartel rezaba Mesón Restaurante el Goblin, y el nombre no podía estar más acertado. La puerta pequeña dejaba paso a una escalera de caracol estrecha que conducía al salón principal, si aquello podía llamarse salón. Algunos lo llamaban la cueva. El techo no estaba a más de metro ochenta del suelo y unos arcos decorativos de madera antigua obligaba a la media española a agacharse ligeramente si no quería darse con los cuernos en ellos. El negocio estaba regentado por un tipo peculiar. Un hombre bajito con una inmensa barriga cervecera cuya indumentaria era tan simple como unos vaqueros, camiseta blanca de propaganda (típica camiseta de dormir) con el nombre de su restaurante y un mandil que siempre siempre siempre estaba lleno de grasa y tiznes negros de la brasa.

Nuestro joven aprendiz bajó las escaleras con un ligero temblor en las piernas. Él aún no lo sabía, pero esas escaleras le llevaron directamente al infierno. Lo que estaba a punto de ocurrirle iba a marcar toda su vida para siempre. La simple acción de bajar aquella sinuosa escalera podría compararse con la picadura de una araña si te llamas Peter Parker. Acababa de nacer un héroe.