Capitulo 2: ¡Lo quiero para ayer!

miércoles, 5 de octubre de 2011

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Aquello se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos. El Guindilla andaba a toda velocidad por el salón, atendiendo a la gente, dirigiendola a las mesas, tomandoles nota. Lo hacia todo siempre con una sonrisa, como disfrutando del momento. ¿He dicho siempre? No, siempre no. Cuando hablaba con su nuevo aprendiz parecía descargar todo el estrés del mundo sobre él.

- ¡Recoge esa mesa! ¡Retira los platos de ahí! ¡Monta ahí para cuatro! - gesticulaba compulsivamente señalando con sus brazos en todas direcciones. El novato daba vueltas por el salón, tratando de hacer todo lo que se le gritaba, pero era imposible. Hacia apenas veinte minutos todo era calma y sosiego. Habían estado montando mesas tranquilamente, mientras charlaban.

- Así que campeón comarcal de eichofempairs, ¿eh? - el Guindilla hablaba siempre sin mirarle, mientras extendía manteles. El alumno iba detrás de él, colocando los platos, cubiertos y copas tal y como su maestro le había enseñado.


- Pues si, es un juego...

- Aquí todos esos estudios no te van a servir de nada - dijo el Guindilla, que siempre le cortaba las frases <<¿Estudios?>>, pensó, <<¿es que aquí está todo el mundo mal de la olla?>>

- Te explicaré de que va esto. Se podría decir que es como un teatro. Los clientes son el público, que viene no sólo a comer, sino más bien a que se les sirva como sí fueran los reyes de un gran reino. Nosotros somos los actores, los bufones, por así decirlo. Los clientes deben disfrutar, no sólo con la comida, sino más bien con la sensación de que son importantes, de que disponen de servidumbre. ¿Lo vas cogiendo? - mientras hablaba iba moviendo ligeramente cada cubierto, plato y copa que su alumno colocaba. Él no notaba la diferencia, pero por la cara que ponía el Guindilla debía de ser enorme.

- ¿Y que hay de eso de que el cliente siempre tiene la razón? - preguntó inocente.

- Eso... podríamos decir que forma parte del espectáculo. Pero no te preocupes por eso ahora. Ven te enseñaré exactamente lo que tienes que hacer. - El Guindilla lo llevó hasta el interior del restaurante. Allí estaba la barra. Vio la vieja cafetera, ese ser mitológico cuyo funcionamiento desconocia por completo <<Ahora me va a explicar como hacer cafes, mola>>. Allí estaban también las neveras que estarían llenas de botellas de todo tipo. <<O quizás vaya a enseñarme donde está el vino, los tipos que hay, sus diferentes uvas y tal, que interesante>>. Pero no, no hubo explicaciones interesantes y elaboradas. De la boca del Guindilla sólo salían instrucciones precisas, como si tuviera siempre mucha prisa y poco tiempo para perderlo con tonterías.

- Aquí me dejas toda la cristalería sucia - acompaño su frase con un golpe seco a la superficie de la barra. Se metió tras ella y siguió hasta el fondo, atravesando una cortina vieja y manchada de grasa que daba paso a un pequeño habitaculo de apenas dos metros cuadrados. Allí había una pequeña pileta de fregar y justo enfrente un tablón también cubierto de grasa (todo parecía tener grasa en aquél lugar) descansaba sobre un par de toneles de madera, ocupando más de la mitad del espacio. Aquello era claustrofobico y asqueroso de verdad.

- Y aquí me dejas los platos sucios, fácil ¿verdad? - acompañaron a sus palabras otro golpe seco, esta vez sobre el tablón de madera.

Y aquello habían sido todas las explicaciones que el Guindilla le había dado. Parecía sencillo, pero a la hora de la verdad, nuestro joven incauto se las veía y deseaba, corriendo de un lado a otro.

- ¡Recoge los primeros de esa mesa! ¡Tengo los segundos listos! ¡Y lo quiero para ayer! ¡Mi abuelita la coja se mueve más rápido que tú, muchacho! - gritaba

Fué corriendo a la mesa indicada a toda velocidad. Le dolían los pies como nunca antes en su vida. <<¿Cuantas horas llevaré aquí?>>, pensó. <<Joder, dos horas después y la cola no parece terminar nunca.>> Recogió todos los platos de la mesa que su maestro le había indicado. Bueno, al menos los que pudo. Aquello de recoger platos era más dificil de lo que parecía a simple vista. Él, como máximo, era capaz de recoger 3 y claro, eso le suponía hacer más viajes que el Gulliver ese. Las situaciones eran más o menos así:

- ¡Recoge esa mesa!¡Rápido! - gritaba uno

- ¡En seguida! - respondía el otro con toda su buena intención. Llegaba a la mesa, de seis comensales, y tenía que dar dos viajes sólo para retirar los platos de cada uno, mas un par de viajes extra para los platos de las tapas que se iban amontonando en el centro de las mesas. El Guindilla siempre llegaba con la comida aproximadamente al tercer viaje del novato y entonces le soltaba alguna frase tipo "¡la cola del paro está llena de tipos más rápidos que tú!".

Harto de gritarle sin coseguir nada se rindió, y en esta última mesa fué tras él y recogió el resto de platos que su alumno no había podido llevar. Llegaron juntos al habitaculo donde descargaban los platos sucios. En solo dos horas la montaña que se amontonaba sobre el tablón de madera era ya importante.

- Y todo esto, ¿quién lo friega? - preguntó preocupado. No se veía lavavajillas alguno. El maestro lo miro fijamente. Por un instante todo atisbo de cabreo desapareció de su cara, y dejó paso a una sonrisa burlona, irónica, casi demoniaca. Habló muy despacio, como saboreando las palabras:

- Segunda lección del día: No preguntes...