Capítulo 3: ¿el baño?, por favor.

domingo, 9 de octubre de 2011

<<< ...Capítulo anterior

Se bajó la cremallera y orinó.

Un gesto simple, una acción que realizamos todos muchas veces al día, incluso de forma mecánica, en aquellos momentos para el novato fue un éxtasis total. Había perdido la noción del tiempo que llevaba meandose. Empezó como una ligera molestia en el vientre, cuando el salón estaba lleno, y no se atrevió a preguntar ni siquiera donde estaba el baño. La segunda lección del día retumbaba en el interior de su cabeza.

"Mantén la boca cerrada o nos pillará el toro." Y vaya que les había pillado. No había parado de llegar gente desde que abrieron la puerta del restaurante.

- ¿Mesa para diez? 


- Por supuesto caballero, aunque tenga que ponerles al lado de las mismísimas brasas - contestaba el Guindilla con su mejor sonrisa. Los clientes se reían, le daban la mano, le palmeaban la espalda y ese tipo de cosas. El maestro tenía ese poder. En mitad del caos era capaz de poner su mejor cara, hacer un chiste y ganarse a la clientela. También sabía gritar.

- ¡Novato! ¡Mesa para diez! ¡Si no tienes sitio lo pintas! 

- Macho que tengo nombre, me llamo... vale, vale, lo pillo, lección uno, no hablar.

Y así fueron pasando las horas. Los vasos se iban acumulando sobre la barra y para soltar los platos sobre el tablón tenía que ponerse de puntillas. <<Lección número dos>>, pensó. <<Igual si no pregunto me salvo...>>, ingenuo.

Se agachó a recoger un tenedor y una fuerte punzada en el vientre le hizo recordar. Se estaba meando. Mucho. Mientras volvía hacia el patio buscó el baño con la mirada. Ahí estaba la puerta, llamándole, como si de una hermosa sirena se tratase. Apareció el Guindilla cargado de platos a rebosar de chuletas asadas. <<Que le den a la lección uno, no puedo más>>, sé armó de valor y dijo:

- Maestro, mira que es que... 

- ¡Ya estas volando a la mesa tres, que está llena de mierda!

<<Es que es imposible acabar una frase en este maldito lugar>>.

- ¡Ah, y de paso te llevas todas las copas vacías! ¡A ver sí así piden más bebida estos cabrones! - iba gritando mientras se alejaba a toda velocidad, como sí los platos quemasen. Y quemaban, aunque él aún no lo sabía. <<Bueno, luego voy a mear>> se resignó. Quería avisarle de que iba al baño, que sólo era un momento, pero es que en aquél maldito lugar no había momentos. Era un constante recoger y recoger. Así que apretó el culo y volvió al patio, a la batalla.

El dolor de vejiga era persistente y le recordaba que tenía que ir al baño cada vez que se inclinaba a recoger un plato. En cada plato, en cada vaso, en cada viaje al cubículo de los platos sucios, las punzadas de dolor sacudían todo su cuerpo. Pero no podía ir, siempre había una mesa más para montar y otra para recoger, en una vorágine imparable de duro e intenso trabajo. Monta, recoge, monta, recoge, monta, recoge.

Su mente empezó a jugar a su favor. Puede que fuera algo físico, químicamente explicable. Quizás un exceso de orina en el organismo provocara aquella reacción neuronal. Él no lo sabía. Pero la cuestión es que dejó de pensar que se meaba. Su cerebro empezó a concentrarse exclusivamente en trabajar. Y en ese momento alcanzó el trance, el ansiado nirvana del camarero. De repente ya solo veía platos. Todo su ser, toda su energía, estaba enfocada en recoger platos. <<Platos, vasos, mesas...>> las palabras martilleaban su mente y su cuerpo respondía al milisegundo, corriendo de un lado a otro. Su técnica era lamentable, y le obligaba a dar muchos viajes, pero eso no importaba, pues la velocidad de sus piernas suplía con creces la falta de habilidad con sus brazos.

Estuvo horas en ese estado, completamente ido, permitiéndole trabajar a un ritmo que ni el mismo hubiera podido imaginar jamás.

De repente chocó contra alguien y salió del trance en el acto. El Guindilla lo agarraba por los hombros con las dos manos.

- ¡Ey, ey, ey! , ¡correcaminos!, frena, ya está, ya pasó, ya pasó... - el maestro ya no gritaba. Es más, ahora hasta le sonreía. El boli de clic estaba de nuevo en su oreja, inmóvil, como si nada hubiera pasado. Eso le tranquilízó. Sin decir ni una palabra (la regla uno aún estaba presente en su cabeza) se giró hacia el patio y observó las mesas. No se había dado ni cuenta, ya sólo quedaban seis ocupadas. El Goblin había salido del infierno de su cocina, y hablaba alegremente con unos clientes. Su cabeza y brazos estaban rojos, como un guiri que va a la playa por primera vez. La camisa blanca estaba pegada a su cuerpo, completamente empapada de sudor. Miró hacia el muro y descubrió aliviado que la cola había desaparecido. Volvió su mirada hacia su maestro, que lo miraba con una sonrisa en la cara.

- Muchacho, te lo has currado. He de confesar que no apostaba ni un duro por ti. Has sobrevivido a tu primera batalla. Pensé que te irías corriendo como otros muchos, pero te has concentrado y hemos sacado el trabajo. Pero... ¿porqué pones esa cara de enfermo? ¿te pasa algo? ¡Dime algo muchacho! 

Se soltó de las manos de su maestro y salió corriendo. Iba gritando:

- ¡Me meo, me meo, me meo!