Capitulo 5: Aún no hemos terminado por hoy...

viernes, 21 de octubre de 2011

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Se estiró poniéndose recto y su espalda se quejó emitiendo un sonoro crujido.

Miró hacia el frente, donde horas atrás se levantaba la montaña de platos sucios más grande vista por el hombre y comprobó aliviado que había terminado. El tablón de madera estaba limpio. Bueno, quizás limpio no era la palabra exacta. Dejémoslo en "sin platos" <<¿Cuántos he fregado con mis propias manos?¿Cien?¿Doscientos? Difícil saberlo. La próxima vez pienso contarlos>> - pensó, como si eso fuera a servir de algo.


Mientras fregaba platos no paraba de pensar en las copas. El escenario era dantesco. La barra estaba completamente desbordada de vasos y tazas de café, copas de vino, botellas vacías de todo tipo, ceniceros repletos de colillas y, en definitiva, de todas esas cosas que habían utilizado durante el servicio de cena menos los platos.

Cuando aún le quedaba la mitad de la montaña por fregar, y había perdido toda esperanza de salvarse de la penitencia de la barra, cuya pileta era más pequeña todavía que la del cuartucho, ocurrió el milagro. Sobre las tres de la mañana el restaurante se quedó vacío y su maestro apareció silbando una canción de los Fitipaldis, se metió tras la barra y se puso a recoger todo aquel caos. Y lo hizo como si su vida dependiera de ello.

<<Ahora se pone a fregar>> - pensó el muchacho. <<Hoy nos amanece aquí.>>

Sin embargo, el Guindilla era igual de eficaz fregando vasos que atendiendo mesas. Se plantó un cigarro en la boca, se ajustó el boli de clic en la oreja y se puso manos a la obra como un poseso. Terminaron de fregar los dos a la vez. Evidentemente el Guindilla tenía superpoderes, no había otra explicación posible. Había fregado toda la cristalería del asador en dos horas. Salieron los dos de sus respectivos fregaderos. El maestro se acercó al alumno y dijo:

- ¿Cómo estas? Tienes mala cara...

- Me duele hasta el pelo. Creo que necesito ir al baño... - contestó. Se encontraba verdaderamente mal, aunque trataba de disimular delante de él, que parecía estar como una rosa, como si no hubiera pasado nada.

- Ves al baño, tranquilo. Ya no hay prisa. Te esperamos en el patio. Aún no hemos terminado por hoy...

<<Aún no hemos terminado por hoy>> - repitió el chaval para sí mismo mientras se dirigía al lavabo. Cojeaba ligeramente y su aspecto era realmente lamentable. Ya en el baño, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo.

Llevaba el pelo revuelto y completamente empapado. Una mancha de tizne negro cruzaba su mejilla izquierda, que sumada al sudor y a unas marcadas ojeras, le daban un deplorable aspecto a sus facciones. Se dio cuenta que le había crecido la barba. No era como la de Gandalf por supuesto, era una simple sombra, como la que se deja uno cuando no tiene ganas de afeitarse.

<<Juraría haberme afeitado antes de venir a pedir trabajo>> - pensó. <<¿Cuanto tiempo llevo aquí? Hagamos memoria. Vine a pedir trabajo. Serían sobre las seis de la tarde. Vine pronto porque había quedado con... ¡mierda! ¡había quedado para cenar!>> - comprobó la hora en su reloj. <<Que más da, llego demasiadas horas tarde. Han cerrado ya los pubs, discotecas y hasta estarán cerrando las calles.>>

Al salir del baño vio reflejado su perfil en un espejo decorativo del salón. <<Joder, como me he puesto>> - se dijo a si mismo. La camiseta nueva que le acababan de regalar sus amigos por su cumpleaños era un amasijo de sudor, agua sucia de fregar los platos todo mezclado con tiznes de la brasa y manchas de grasa. Estaba para tirar. Pero lo que más le dolió fueron las zapatillas. Se quedo un rato inmóvil, mirándose los pies, tratando de mantener la calma. Eran sus zapatillas favoritas. Estaban mojadas de la misma mezcla de agua sucia con grasa y carbón que parecía impregnarlo todo.

En ese momento la paciencia se le agotó.

<<Ya está bien. He venido a una entrevista de trabajo y me han metido a saco en una especie de juego masoquista digno de un thriller psicológico americano. El jefe ni me ha hablado de sueldo, ni me ha dado la ropa reglamentaria de mi puesto, y ni siquiera me ha puesto un horario establecido. Me ha endosado a su perro para darme absurdas lecciones sin sentido y me ha metido a trabajar más de diez horas seguidas sin parar ni para mear. Ni mucho menos comer, que creo que debe ser hasta ilegal. Son las jodidas cinco de la mañana y encima tiene el valor de decirme  "te esperamos en el patio, aún no hemos terminado por hoy..." . Que pasa, ¿es que aquí tampoco se duerme? A la mierda, lo dejo. Ya conseguiré el dinero para la guitarra de otra forma. Total, vete tu a saber si me pagarán algo.>>

Tras unos minutos pensando sobre todo esto, respiró hondo, se armó de valor, y se dirigió hacia el patio, completamente dispuesto a acabar con aquella situación sin sentido.

- Bueno señores, ¿sabéis que os digo? Que os pueden ir... - y se detuvo en seco. La escena que se dibujaba frente a sus ojos era lo ultimo que el chaval hubiera podido imaginar.

El suelo del patio estaba mojado, como si el Guindilla le hubiera pasado la manguera. Con el calor que habían sufrido durante toda la noche, la sensación que experimentó al salir lo dejó paralizado, inmóvil, como si su cuerpo no quisiera moverse para captar así todo el frescor posible. Todas las mesas estaban limpias, y el maestro había colocado las sillas del revés sobre ellas. Sólo una en el centro permanencia montada. Sobre un mantel de papel se había dispuesto un sinfín de carne de todo tipo, asada al fuego. El mismo tipo de carne que llevaban sirviendo toda la noche. Una botella de vino blanco, dentro de su cubitera cargada de hielo remataba el cuadro paradisíaco. La mesa estaba montada para tres.

El Goblin y el Guindilla estaban sentados, comiendo. No le habían esperado, pero allí estaba su sitio, su plato y su copa. El maestro hablo, sin levantar la vista de su plato.

- ¿Que decías muchacho?

Se sentó corriendo y dijo

- Nada, nada... - menos mal que tienen la costumbre de ignorarme, fue lo ultimo que pensó antes de hincarle el diente al primer solomillo de lechón.

Puede que fuera el vino. Puede que fuera el sabor excepcional de la cena, que le supo a gloria después de estar más de diez horas sin comer nada. Puede que fuera el orujo de hierbas que se metieron entre pecho y espalda para rematar la fiesta. Fuera lo que fuese, a las siete de la mañana, con el Sol del amanecer, disfrutando del fresco patio del restaurante, comprendió que no podía dar la espalda a su destino. Había nacido para esto.