Capitulo 6: El abridor legendario

sábado, 29 de octubre de 2011

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Tras el primer día de trabajo en el restaurante regentado por el Goblin, poco a poco, su cuerpo fue adaptandose al duro trabajo, hasta que llegó incluso a parecerle mecánico.

Todos los días eran mas o menos igual. Llegaba a las seis y media, montaba las mesas del patio mientras el Guindilla pasaba la manguera para refrescarlo. Preparaban cubiertos, copas, platos y abrían la puerta. Los clientes empezaban a llegar enseguida. Durante las primeras horas el ritmo no era excesivamente alto (o quizas se habia adaptado ya a él) y el maestro aprovechaba para darle "clases teóricas"



- La regla fundamental que todo camarero sigue al pie de la letra es la siguiente: No des viajes de vacío. NUNCA. Si vas cargado de platos sucios al friegue, a la vuelta te pasas por la cocina a ver si hay platos para sacar, sino miras a ver si hay bebida en la barra, sino miras...

- Ya, ya lo pillo, nunca con las manos vacías...

 Otras veces le dedicaban algunos minutos a casos mas prácticos.

- No puedes dar un viaje de platos sucios solo con tres. Al menos debes ser capaz de coger seis. Estiras los dedos así, ¿ves?. De esta manera puedes colocar platos aquí y aquí.

Y asi pasaban los dias, pero el maestro no dejaba que su alumno hiciera nada que no fuera montar, desmontar y recoger platos. Además de fregarlos al final de la noche, por supuesto. Un día, ansioso como estaba de entrar en acción de verdad, se dirigió al Guindilla y le espetó:

 - Mira, ya estoy cansado de tus aburridas clases teóricas, que parece que me vaya a examinar para el carnet de conducir. Quiero hacer algo, pero algo de verdad. - soltó el mantel que sostenía y se cruzó de brazos, como diciendo "me planto, o me haces caso o dejo de respirar ahora mismo"

 El Guindilla lo miró fijamente. Era el único de los dos que llevaba el uniforme reglamentario de camarero chusquero español. Camisa blanca, pantalón negro y boli de clic sobre la oreja. Era alto, desgarbado y extremadamente delgado. Unas ojeras pronunciadas acompañaban siempre a su mirada despierta y penetrante. Escrutó al muchacho durante unos segundos. Por un momento pareció que iba a desatar toda su furia sobre él. Pero no le gritó. Tras unos segundos mirandose mutuamente, por fin el maestro habló:

- Mira chaval, que quede claro de antemano que creo que no estas preparado, pero ya que parece que tienes tanta prisa por volar... - se metió la mano en el infierno de su mandil y extrajo un abridor. Al novato le pareció un simple sacacorchos, pero por lo visto estaba equivocado. Mientras lo sopesaba sobre su mano derecha, empezó a hablar.

 - Este va a ser tu abridor, y tienes que tener clara una cosa. No es un abridor cualquiera. A partir de ahora es TU ABRIDOR. Protégelo con tu vida. Se te puede olvidar el reloj, se te pueden olvidar los cafés de la mesa del jodido rey de España, puedes incluso olvidar el cumpleaños de tu madre. Es mas, por mi como si te olvidas de respirar. Pero nunca, bajo ningún concepto debes olvidar tu herramienta de trabajo. Sin escusas. - su mirada pasaba intermitente de los ojos de su alumno al abridor y viceversa. Al final se lo tendió y añadió:

 - Y recuerda, este abridor es muy especial. Está domado por mi mismo. Es un abridor legendario, curtido en mil batallas. Hace cosas que tú ni imaginarías. No lo olvides...

 El joven aprendiz examinó el sacacorchos. Era viejo y tenía signos claros de desgaste. Tenía una parte metálica y otra de plástico, de tonalidad pardusca. En esta última se podía leer "Bodegas el Borrachuzo Feliz"

 - Pero maestro, si es de propaganda y además... ¡Ay! - estaba jugueteando con él mientras hablaba y se había cortado con la punta. Era un corte ligero, apenas perceptible, pero empezó a sangrar como si se hubiera cortado la yugular. El Guindilla revolvió el pelo del novato con un gesto paternal y dijo:

 - El karma, chaval... ya te he dicho que es un abridor muy especial...

En ese momento entró la primera mesa. El viejo camarero se dió la vuelta como si tuviera ojos en el cogote.

- Buenas tardes, bienvenidos al Goblin, mesa para cuatro? Por supuesto, pasen por aquí... enseguida mi compañero les toma nota de la bebida. - iba diciendo mientras los acompañaba a una mesa cercana a la entrada de la cocina. <<¿Como que mi compañero? Pero si ni siquiera se lo que tenemos, si yo solo he recogido platos sucios...>> - pensó. Trató de decir algo pero ya era demasiado tarde. El Guindilla se dirigía a la puerta, donde habían aparecido nuevos clientes. Al pasar a su lado dijo:

 - Vamos novato, la mesa dos te está esperando - llegó hasta la puerta sin mirarle - ¿Mesa para seis?, por supuesto, pasen por aquí...

Y ahí estaba él, sin tener ni idea, con una mesa esperando y un abridor viejo en la mano como único aliado. <<Mantén la calma, esto no puede ser tan difícil, has visto como lo hace el Guindilla cientos de veces, tú igual, los clientes no muerden, tienen cara de majos, seguro que piden algo sencillo.>> - iba pensando, tratando de convencerse de que era capaz de hacerlo, tratando de calmarse. Blandía el abridor en la mano, como si fuera el arma elegida en su peculiar duelo de honor.

 - Enm, buenas noche, esto... para beber, ¿que les pongo? - dijo con voz temblorosa al llegar a la mesa

 - Creo que beberemos vino. Un tintito, ¿verdad? ¿Que nos recomiendas joven? - respondió un señor de pelo blanco con gafas de pasta negra. Un sudor frío recorrió su espina dorsal. No tenía ni idea de vinos. Es mas, ni siquiera sabia cuales tenian en la carta. La tensión que se generó de inmediato podía cortarse a cuchillo. Se quedó mudo, pensando.

<<Dí algo, te están mirando. Están esperando que les sugieras algo, trata de recordar, ayer le echaste una ojeada al botellero, un nombre, solo trata de recordar un nombre, el que sea...>>

Su mirada iba de un lado a otro, tratando de encontrase con la mirada del Guindilla. Era su única esperanza. Él sabría que hacer. Siempre lo sabia. Pero su maestro estaba muy ocupado tratando de sentar a la avalancha de gente que enpezaba a llegar ya para cenar. Estaba solo. En ese preciso instante, perdida ya toda esperanza de salir airado de esa situación, el tiempo se detuvo. Un fogonazo de imágenes inundaron su mente. Botellas colocadas sobre estantes de madera, en el interior del restaurante. Etiquetas de diversos diseños y colores empezaron a pasar frente a sus ojos.

Trató de visualizar claramente una cualquiera, un nombre, uno solo hubiera valido para salir del atolladero. Pero no conseguía enfocar claramente ninguna. Y de repente, se dio cuenta. Su mirada bajo lentamente en direccion a su mano derecha. La tenia abierta, y sobre ella estaba el abridor, mirandole, como diciendo "no te enteras, chaval...".Se calmó. El dichoso sacacorchos tenía la respuesta. El tiempo volvió a su velocidad habitual. Miro al cliente y dijo:

- Yo le recomendaría un "Borrachuzo Feliz"... la última ha sido una excelente cosecha...

<<Te debo una...>> - pensó, mientras guardaba el viejo abridor legendario en el bolsillo de su vaquero, cuidadosamente.