Capitulo 7: Tu si que vales.

domingo, 13 de noviembre de 2011

<< ...Capítulo anterior

<<Eres capaz de pasarte el Monkey Island en seis horas. Estás por encima de esto.>> - se dijo a sí mismo.

Estaba frente a la mesa sosteniendo la botella de vino con la mano izquierda y el abridor con la derecha. Los clientes le ignoraban y eso le ayudaba bastante. Hablaban de sus cosas sin que pareciera importarles lo que el camarero estuviera a punto de hacer, así que observó detenidamente la boca de la botella, analizando la situación.

<<No parece muy difícil. Corto la caperuza con la mini sierra, le clavo la rosca al corcho, le doy vueltas y tiro hacia arriba suavemente.>> - Siguió las indicaciones de su propio cerebro y contra todo pronóstico la operación salió tal y como pensaba. El abridor parecía saber lo que tenía que hacer, deslizándose suavemente por el interior del corcho, que no se quejó. Salió entero, con un ligero ¡POP! El novato sirvió el vino. Supuso que los cánones de educación regirían también allí, así que empezó por las mujeres y terminó por los hombres. Apoyó la botella sobre la mesa y se quedó mirando a los comensales, como esperando algo. Pero no le hicieron caso, seguían a lo suyo, hablando del último cotilleo de la vecina del tercero.


<<Soy invisible>>, pensó. Se dio la vuelta dispuesto a seguir a lo suyo. Cuando vio lo que estaba ocurriendo a su alrededor le entró un temblor incontrolable en las piernas. El salón estaba completamente lleno y el Guindilla iba corriendo de un lado a otro. Pasó junto a él y le gritó:

- ¿¡Que pasa!?, ¿¡estas de vacaciones!?, ¡o acaso crees que estas sirviendo vino en un hotel de tres estrellas! Todos esos te están esperando. ¡Vuela!

Se quedó quieto, mirando al resto de las mesas. Las otras veintinueve estaban esperándolo a él. Todos esperaban sus bebidas. Algunos lo miraban, otros levantaban la mano y chasqueaban los dedos, apremiandole. Sólo unos pocos esperaban pacientemente. Había una buena noticia. Sé estaba meando. Y el dolor de vejiga le ayudaba siempre a alcanzar el estado mental necesario para esos momentos de estrés.

<<Tu puedes. Recuerda las lecciones. No pierdas el tiempo hablando, no preguntes, no des viajes en balde>> - se animó, sujetando con firmeza el abridor.

- Hola, buenas noches, ¿que ponemos para beber? - preguntó al llegar a la que decidió, sería la primera mesa a atender.

- A mi ponme una caña. - dijo uno

- Yo quiero una cola, y tráenos una botella de agua para compartir - dijo otro

- Muy bien, enseguida. - giró sobre si mismo y fue a la siguiente mesa. Repitió el mismo procedimiento. Y así, una a una, tomó nota mental de todas las bebidas del salón. Algunos clientes le llamaban a gritos, le silbaban, incluso llegaron a insultarle. A esos los trataba diferente.

<<¿Tenéis prisa, ¿eh? pues vais a esperar...>> -  se decía a si mismo y los colocaba al final de su cola mental de prioridades, a modo de venganza.

Pasó al lado de la única mesa que ya estaba atendida y se detuvo un segundo a recoger un par de platos.  <<Nunca con las manos vacías...>>  Llegó al cuartucho, soltó la carga, y salió disparado hacia la barra. <<Seis botellas de agua natural, doce frías y siete con gas. Quince colas, seis light. Once cañas y cinco botellines de...>> - a medida que iba repitiendo la lista en voz alta, sus manos entraban y salían de las cámaras frigoríficas, extrayendo todas las bebidas y colocándolas sobre la barra. Tardó aproximadamente diez minutos en tenerlo todo dispuesto.

Desenfundó el abridor y empezó a abrir botellines a toda velocidad. ¡Zaps! ¡Zaps! ¡Zaps! ¡Zaps!, las chapas saltaban a su alrededor cayendo aleatoriamente por todas partes. Se fijó en unas bandejas metálicas que descansaba sobre la barra. Sin perder un instante, empezó a colocarlo todo sobre ellas. La primera la cargó por completo de botellas de agua. La agarró con las dos manos y salió disparado hacia el salón.

Estaba en ese estado casi mágico en el que siempre entraba cuando se estaba meando. Y por lo visto se meaba muchísimo. Mas tarde acabaría llamando a esta misma situación "entrar en Vejirvana", mezclando los términos "Vejiga + Nirvana". También lo denominada el Nirvana del camarero. Llegó corriendo al patio y, de forma inconsciente y completamente mecánica, fue repartiendo todas las bebidas por las mesas, a toda la velocidad a la que le permitían sus piernas, que empezaban a dolerle como si tuviera agujas clavadas en las rodillas. <<Las aguas iban a la mesa seis, trece, veinte, dos y tres. Y a las del fondo creo que también.>> Llegaba, apoyaba la bandeja sobre la mesa de un golpe y decía:

- Agua para el caballero y para la señora... - depositada las botellas y salía corriendo en dirección a la siguiente mesa. Los clientes trataban de decirle algo, pero siempre era demasiado tarde, ya se había ido.

Realizó el mismo proceso para el resto de mesas, dando el menor número de viajes posibles y tratando de eludir aquellas peticiones que consideró de menor importancia.

- Perdone, ¿me puede traer otra cola?

- ¡Enseguida!

- La cuenta, ¡por favor!

- ¡Volando!

- ¡Aquí falta un vaso!

- ¡Ya lo estoy trayendo!

Tras responder, siempre sin detenerse ni para mirar, olvidaba por completo todas esas cosas para mantener su concentración en lo más importante. Servir toda la bebida inicial lo más rápido posible. Luego ya se encargaría el Guindilla de ir apagando fuegos donde hiciera falta. Una vez hubo atendido a las mesas de la primera oleada, entró en una rutina de trabajo incesante. Empezó a atender todas aquellas peticiones que antes parecían poco importantes, pero que ahora se habían convertido en un problema.

- ¡Muchacho!, ¡la cola que te pedí hace una hora! - gritaba uno

- ¡Nos tienes secos chaval! - gritaban otros

El joven aprendiz asentía con la cabeza mientras retiraba platos y los llevaba al cuartucho de fregar. Siempre cumplía la regla de los viajes de vacío. Retiraba platos y, una vez descargado, entraba en la barra para coger las bebidas que le habían pedido. Estaba tan absorto en la mecánica tarea de servir y recoger que no se dio cuenta que llevaba horas sin parar. Ni siquiera se dio cuenta de que el Guindilla llevaba un buen rato sin gritarle. Estaba apoyado en la puerta de la cocina. Tenía el boli fuertemente agarrado, haciendo clics intermitentes contra su pierna, observando a su alumno detenidamente. El Goblin salió del infierno de sus fogones, se colocó al lado del viejo camarero, mientras se secaba las manos con un trapo sucio de grasa. Se quedó mirando al novato, que iba corriendo de un lado a otro cargado con una bandeja llena de botellines de cerveza. El palillo de su boca se movió de un lado a otro varias veces antes de hablar.

- Es bueno, ¿no? - le preguntó al maestro

- Es el puto amo jefe. Gran fichaje... - contestó el Guindilla

- ¿Tan rápido es el zagal?

- No es bueno por rápido jefe. Es que ha conseguido que nadie se queje en toda la noche...

- Pero, ¿que pasa? ¿se ha equivocado alguna vez?

- Ni una jefe. No ha acertado ni una el hijo puta...

- Joder, si que es bueno. A partir de ahora el bote lo repartes con él. No quiero que se nos vaya a estudiar y se nos eche a perder. - dijo el Goblin mientras volvía al interior de su cocina.