Capítulo 9: Sincronización mental

viernes, 16 de diciembre de 2011

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Con la llegada del mes de Agosto el estrés se había convertido en el pan nuestro de cada día en el asador. Los clientes se agolpaban a las siete de la tarde todos los días, independientemente de si era fin de semana o un lunes cualquiera. Y por alguna extraña razón, que escapaba del entendimiento del novato, los clientes estaban especialmente exasperantes.

- Hola, buenas noches, ¿que va a...? - y le cortaron como siempre

- De momento tráeme una caña, pero bien tirada, no esos meados que ponen por ahí...

- Enseguida caballero - respondió con una sonrisa. Miró a su maestro de reojo y éste le contestó con otra mirada que significaba "lo sé chaval, la gente no es amable. Es lo que hay."


La relación entre el Guindilla y su joven aprendiz había cambiado radicalmente desde que apareció de repente con su traje de camarero nuevo.

- ¿¡Pero donde vas Kill Bill!? Que esto es un restaurante, no la última del Tarantino. Anda, quitate la cinta roja esa de la cabeza antes de que te vea el Goblin y te la anude alrededor del cuello, zagal...

Efectivamente, habían tenido cachondeo durante casi toda la semana, pero el Guindilla, dejando a un lado sus socarronas frases insultantes, había empezado a respetarle. Ya no le ignoraba, e incluso repartía el bote con él todas las noches.

Un día, de repente, el novato descubrió que podía leer la mente. No todas, por supuesto. Sólo la de su maestro. Llevaban un mes y algo trabajando juntos, pero a él le parecía que llevaban allí una eternidad. Quizás el hecho de que las jornadas laborales que imponía el Goblin nunca eran inferiores a 12 horas ayudara a esta sensación de "eternidad". Y por este mismo motivo quizás la sincronización mental pudo hacerse realidad.

- Te he dicho que quería una cerveza bien tirada, y esto es un meado. Y encima está caliente. Tráeme otra.

- Pero caballero, del grifo salen frías, pero claro, con éste calor... - trató de explicarse, pero al parecer el cliente tenía ganas de discutir.

- Te he dicho que me traigas otra y punto. ¿Acaso estás sordo?

Iba a responderle alguna burrada, pero se contuvo al notar la mirada penetrante del Guindilla, clavada en su nuca. Recibió el mensaje mental como si su maestro le hubiera gritado al oído sus instrucciones.

- Enseguida señor, no se preocupe, tiene usted razón, no sé tirar cañas... le traigo otra volando.

- Pues eso, y date prisa. - le espetó el cliente. Recogió la caña y volvió hacia la barra. Los dos camareros se cruzaron cuando el Guindilla se dirigía a la mesa. En sus ojos pudo leer "voy a tomar nota de la comida, a ver que me encuentro... ". El novato le respondió un "que tengas suerte", utilizando su nuevo poder mental.

Cuando volvió con la caña, se cruzaron de nuevo. Su cara era un poema. Llevaba "la madre que lo parió" escrito en los ojos. <<¿Que carajos le habrá pedido el tipo este?>>, pensó. Le sirvió la caña y ésta vez sí le pareció bien. Incluso la elogió.

- Así sí, hombre. Ésta si está bien tirada.

<<Si supieras, majete, que es la misma puta cerveza. Que solo le he puesto un poco de espuma por encima.>> Pero evidentemente, él no podía saberlo, no podía leerle la mente.

Pasaron las horas como si fueran un suspiro, mientras se meaba y no daba abasto a atender a todas las mesas que, como siempre, habían llegado todas a la vez y todas parecían tener mucha prisa, como si tuvieran que ir a trabajar o algo. <<¿Porqué tienen prisa?>>, pensó el novato, <<si el que está trabajando soy yo. En todo caso, el que tiene prisa soy yo.>> Aún no lo sabía, pero el primer tantra del camarero Zen empezaba a perfilarse en su cabeza, casi de forma natural. Mas por necesidad que por iluminación divina.

- ¡Oye chaval! ¡Que me tienes seco! Tráeme una botella de vino, pero del bueno, a ver si vas a traerme una mierda de caldo, igual que con la cerveza. Que se te nota la cara de novato a kilómetros - le grito el cliente de las cañas desde el otro lado del patio. <<¿Hacía falta gritar...? ¿era necesario?>> , eran algunas preguntas que se le pasaban por la cabeza. Asintió y salió corriendo hacia la barra, en busca de alguna botella de vino. Aún no sabía cual.

Se volvió a cruzar con su maestro cerca del botellero. Iba hablando solo.

- La madre que lo parió. Que si el jamón está pasado, que el queso tiene moho... que el cuchillo no corta... este se va a cagar...

- ¿Que ha pasado? - preguntó inocente el novato.  El maestro se giró hacia su alumno muy despacio. Llevaba dos botellas de vino, vacias a medias, una en cada mano. Su cara estaba completamente desencajada. Tenía cara de Jack Nicolson.

- Dime que ha pedido vino... - le dijo

- Si... - contestó.

- Pásame la caja de pastillas que hay en el primer cajón ese - dijo el Guindilla apuntando al mueble de la cafetera con el dedo. Y el novato pudo leer la mente de su maestro con total claridad.

<<Que se va a cagar, vaya...>>