Capítulo 10: El diente

domingo, 15 de enero de 2012

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Aún no llevaba ni dos meses trabajando y ya no podía más. Empezó a pensar que quizás no podría aguantar físicamente el ritmo impuesto por el Goblin. Ni siquiera todo el dinero gastado en un buen traje de camarero parecía ayudar en nada.




En un par de semanas, la suela de sus zapatos empezó a agrietarse, amenazando incluso con partirse por completo. Aquello era un problema grande. El agua y la suciedad del suelo del cuartucho de fregar platos se filtraba por la suela, y al final de la noche los calcetines estaban completamente empapados de una mezcla de sudor, agua y grasa. Los pies empezaron a tener un aspecto lamentable. Callos, burbujas y extrañas manchas negras aparecieron aquí y allá, preocupando seriamente a nuestro protagonista. La cojera era ya crónica, por supuesto. Las manos no tenían mejor aspecto. Tuvo que desechar la idea de usar guantes, pues le restaba agilidad con las manos y necesitaba toda la que pudiera conservar. Como consecuencia, las tenía llenas de heridas de todo tipo. Pequeños cortes, fruto del descorche de botellas de vino, sumadas a heridas más feas, producidas por la mordedura de las chapas de metal de los botellines de cerveza y refrescos varios. Lo malo era cuando se le derramaba orujo o licor en plena batalla. Para esas ocasiones, se repetía a sí mismo la frase "el dolor es psicológico". De tanto repetirlo en su mente, llegó incluso a creérselo, y el dolor desaparecía sin dejar rastro. El pantalón de esa fantástica tela especial tampoco surtió el efecto deseado. En verdad que transpiraba mejor, pero eso sólo fue al principio. A medida que se adentraba en agosto, el calor y el trabajo subió exponencialmente haciéndolo sudar como jamás había sudado en su vida. Además, tras innumerables lavados, el pantalón empezó a rozarle la entrepierna, llegando incluso a hacerle unas feas heridas que le obligaban a acentuar la cojera para evitar el roce. El cuadro clínico quedaba rematado por su extrema delgadez. Era como si se estuviera fusionando físicamente con el maestro Guindilla. Estaba ya tan delgado como él. No sabía exactamente cuanto pesaba un mes y medio atrás, pero a simple vista era evidente que había perdido 6 kilos. Como mínimo.

En definitiva, se había gastado casi todo su sueldo en su traje nuevo, dejando a un lado su objetivo inicial que era comprar una guitarra eléctrica, y parecía no haber servido de nada. Todo el conjunto hacía aguas. <<Quizás lo único bueno sea el horario>>, trató de consolarse. Su ritmo de vida se había convertido poco a poco en un círculo rutinario donde cada vez tenía menos tiempo libre. Bien es cierto que hasta las siete de la tarde no empezaba su jornada, pero cada vez acababa más tarde, o más pronto, según se mire. No había día que el Sol no lo acompañara de vuelta a su casa, para tratar de descansar. Acabó acostumbrándose a dormir de día, levantándose a las seis de la tarde con el tiempo justo de tomar un café, ducharse, enfundarse el traje de camarero y salir corriendo a la batalla. <<Al menos no me queda tiempo ni para gastarme el bote>>, pensó. Pero ni siquiera se creía sus propias palabras. Incluso tenía una novia, de esas que se tienen a los diecisiete, pero que había acabado con otro porque decía que sólo lo veía en fotos. Que no se acordaba ni de su cara.

Un día, como si el destino quisiera rematarlo del todo, llegó al asador del Goblin, y no encontró al Guindilla por ningún lado. Se acercó a la cocina y allí estaba su jefe, preparando su pequeño infierno de brasas, chuletas y sartenes. Sin levantar la vista de los fuegos le dijo:

- El Guindilla ha llamado. Que dice que no viene. Que tiene una gripe de tres pares de cojones. - lo dijo muy tranquilo, como si no pasara nada.

- ¿Como que el maestro no viene? ¿Quién le sustituirá? - preguntó sin muchas esperanzas. Lamentablemente conocía la respuesta.

- Claro chaval, vendrá un ejército de camareros extra para cubrirte el culo, no te jode. Estás sólo, así que espabila, que te tienes que montar la terraza y mira que hora es.

El novato se dio la vuelta y salió corriendo hacia el patio. Una vez fuera, se quedó muy quieto, mirando las mesas y las sillas y tuvo un ataque de pánico. <<Si a duras penas podemos sacar el trabajo entre los dos, ¿como pretende que pueda yo sólo con todo? Es imposible.>> Desenfundó el abridor que llevaba colgado del cinturón y empezó a abrirlo y cerrarlo con la mano derecha. Juguetear con él parecía ayudarle a pensar. Cerró los ojos y empezó a hablarse a si mismo.

<<Nada es importante. Nadie tiene más prisa que yo. Todos pueden esperar. El dolor es puramente psicológico. No hables, no preguntes, no pierdas el tiempo. Eres como una máquina... este es tu destino...>>

Y entonces lo vio claro. Tenía un plan.

El Goblin salió del infierno de su cocina y se dirigió al almacén. Iba silbando una canción de Machín mientras se limpiaba las manos en un trapo que tenía mas grasa que un jamón de jabugo. Al pasar frente a la barra se encontró al novato frente a 6 botellas de cristal vacías. En la mano llevaba una séptima que se estaba bebiendo a morro.

- Pero muchacho, que te va a dar algo con tanta agua con gas.

- De eso se trata. Si alcanzo el estado perfecto meándome vivo, imagina con agua con gas - contestó justo antes de abrir una nueva botella

El Goblin se quedó un segundo mirándole fijamente. Luego miró al techo, susurró algo y continuó su camino. Incluso el jefe del asador conocía las reglas. Mejor no preguntes...

El plan del novato funcionó mejor de lo que él mismo hubiera imaginado jamás. Primero empezaron los pinchazos en la vejiga. Para cuando el restaurante estaba lleno por completo, el dolor de estomago provocado por el gas de las siete botellas que se había bebido era ya insoportable. <<No hay dolor, no hay dolor>>, se repetía a si mismo. Cuando se quiso dar cuenta estaba ya en ese estado mental que le permitía llevarse el salón entero el solo.

Aquello sin el maestro era un caos, pero él parecía saber lo que hacía.

- ¡Marchando los segundos de la seis! - gritaba al pasar por la cocina

 - ¡Eso no puede ser! ¡Si aún no has llevado los primeros! - contestaba el Goblin desde la cocina. Justo en ese momento el novato pasaba corriendo a toda velocidad y cogía los cuatro platos que faltaban en esa mesa y repetía de forma automática:

 - ¡Que marchando los segundos de la seis, leches!

El techo del salón interior tenía unos arcos de piedra que hacían las veces de vigas de sujeción. Para pasar del patio al interior el único que podía hacerlo sin agacharse era el propio Goblin, que era bastante bajo. El restaurante estaba hecho a su medida. El novato llegó a una mesa y empezó a recoger platos sucios. Lo hacía ya de forma automática, mientras su cabeza discutía consigo mismo. <<Primero recogemos aquí. Marchamos la diez y a la barra a por la bebida de la treinta>>, iba pensando sin pensar. Cuando se quiso dar cuenta llevaba más de quince platos sucios, entre principales, de tapas y demás. Los clientes lo miraban asombrados mientras recogía. Incluso llegaron a decirle algo, aunque él ni siquiera se dio cuenta. Llegó corriendo a la altura de la puerta de la cocina, justo donde el techo descendía peligrosamente a la altura de su frente.

- ¡Marchando la diez a la de ya! - gritó

- ¡Toma! ¡Llévate el pan de la cuatro! - contestó el Goblin desde el infierno de su cocina

Y de repente el tiempo se detuvo y empezó a ir muy despacio.

El novato giró su cabeza lentamente hacia la puerta mientras su pie derecho avanzaba despacio hacia adelante. Respondió también a gritos "¡Eeeeesooo eeeesss iiiimpoooosiiibleeeeee! ¡Eeeeseee paaaaan yaaaa haaa saaalidooooo!" mientras su cabeza volvía despacio a mirar hacia adelante. El pie derecho tocó el suelo justo cuando el izquierdo se elevaba y de repente vio el arco de piedra justo delante, a la altura de su frente. El impacto era inevitable. Aún así, el novato intentó detenerse y bajar la cabeza pero la inercia era tal, que no pudo hacer nada. Su frente chocó contra la fría piedra, desplazando todo su cuerpo hacia atrás. Los cubiertos sucios que descansaban sobre todos los platos que llevaba, saltaron unos centímetros hacía arriba y tuvo que mover los dos brazos ligeramente para mantener el equilibrio. La boca, que estaba abierta en el momento del impacto, se cerró bruscamente produciendo un fuerte chasquido de chocar de dientes. Dio un paso atrás, y luego otro y otro, moviendo los brazos llenos de platos, que tintineaban nerviosos, queriendo caer a toda costa contra el suelo. Pero el novato no tenía intención de soltar ni uno sólo. Dio otro paso atrás, tratando de mantener el equilibrio, pero al final no pudo hacer nada. Calló lentamente hacia atrás mientras los cubiertos volaban por los aires. Su trasero chocó contra el suelo justo a la vez que los cubiertos caían sobre los platos que el novato movía para recogerlos en el aire. El tiempo volvió a su velocidad normal.

El Goblin, al oír el ruido de platos y cubiertos, salió de su cocina y se encontró al novato sentado de culo en el suelo, con los brazos en cruz llenos de platos.

- ¡¿Para eso te pago?! ¿¡Para que te sientes a descansar?! ¡Venga, que se enfrían los de la seis! - le gritó

El novato se quedó unos segundos en esa posición. Se dio cuenta que algo se movía en su boca. Escupió varios trozos de diente al suelo y pensó:  <<¿Que costará un diente?. Vaya, cada vez estoy más lejos de comprarme la guitarra... leches>>