Capitulo 11: ¿Mesa para treinta?

sábado, 4 de febrero de 2012

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El maestro Guindilla estuvo con gripe tres días. Durante ese corto espacio de tiempo que pareció eterno, el novato tuvo que demostrar que ya no era tan novato como parecía. Y aunque el Goblin seguía gritándole y llamándole novato, y otras muchas cosas que no pueden describirse con palabras, nuestro protagonista ya era capaz de llevarse el restaurante entero él solo. Incluso era capaz de adelantarse a las quejas de su propio jefe.

- ¡Gusano! ¡Es que no ves que a la mesa doce le falta el pan y la tapa de pulpo! 

- ¡Lo llevo en la mano! ¡Te has confundido y lo has marchado doble! ¡Ya tengo cena! - gritaba el novato al pasar junto a la cocina.



El ritual era siempre el mismo. Llegaba al asador sobre las seis de la tarde. El Goblin siempre estaba allí cuando él llegaba. Se preparaba un café solo muy corto y bien cargado que le daba la energía necesaria para montar todas las mesas del patio, que refrescaba previamente con manguerazos de agua, tal y como había visto hacerlo a su maestro en innumerables ocasiones. Solía tenerlo todo listo para la acción en unos cuarenta y cinco minutos. Le quedaban quince para abrir la puerta. Tiempo mas que suficiente para entrar en el estado mental Zen. Tras beberse seis botellas de agua con gas seguidas sin respirar, todo estaba a punto. Su vejiga haría el resto durante el transcurso de la jornada. A las siete en punto abría la verja que daba acceso al patio desde la calle. Y allí estaban los clientes. Siempre había cola para entrar. Siempre. Él ya tenía la coletilla preparada.

- Buenas tardes, ¿mesa para tres? Sin problema, pasen por aquí - y empezaba todo el proceso. Tomar nota de la bebida, sentar a otra mesa, llevar la bebida, sentar otra mesa, tomar nota de la bebida, sentar otra mesa, tomar nota de la comida, gritos con el Goblin, sentar otra mesa... y así hasta que el efecto del agua con gas empezaba a nublar su mente, hasta llevarlo al estado perfecto mental en que nada era importante.

<<Los misterios del cerebro>>, pensaba él. Que curiosa combinación de factores psico-químicos provocaban que cuando se estaba meando pudiera trabajar en un estado de concentración mental superior, él no lo sabía. Pero aquello funcionaba.

Un día, sin embargo, ocurrió lo que menos se podía imaginar. Los astros debieron alinearse de alguna manera extraña, pues incluso a día de hoy, sigue preguntándose que fue lo que pasó aquel curioso fin de mes de Agosto. Ocurrió al tercer día de baja del maestro Guindilla, tras beberse su dosis de agua con gas, se disponía a montar las mesas del patio cuando notó algo raro. Era una especie de silencio, como de calma y sosiego. Pensó que quizás era la tranquilidad de antes de la batalla, pero luego recordó. Eso era imposible. Siempre había cola para entrar. Y la gente siempre hace ruido. Hablan, se cuentan chistes y esas cosas. Se asomó por la verja, para comprobar el estado de la calle y se dio cuenta de que allí no había nadie. <<¿Nadie? ¿Como puede ser? Si llevamos dos meses seguidos con cola en la puerta. Que no haya nadie a estas horas es imposible.>> Se dirigió al infierno de la cocina y dijo:

- Jefe, esto es muy extraño... ¡no hay nadie en la puerta! 

- ¿Como no va a haber nadie en la puerta? ¡Si estamos en Agosto! ¿Te has tomado el café? - fue la respuesta del Goblin, que lo miraba con cara de incredulidad

El novato puso la mano muy cerca de las brasas del Goblin y se quemó.

- ¡Ay! ¡Leches! me he quemado. Ves, estoy despierto - le dijo a su jefe

El Goblin salió corriendo de su cocina mientras se limpiaba las manos en un trapo lleno de grasa. Abrió la verja y sus temores se hicieron realidad. Efectivamente, allí no había nadie.

- Pero esto no puede ser... ¿servimos algo en mal estado ayer? - preguntó sin apartar la mirada de la calle desierta

- No, ayer no - respondió el novato mientras jugueteaba con el abridor. - Ayer precisamente todo lo que salió era fresco. 

- ¿Operación salida? No, tampoco... ¿fin de mes?, bueno si, pero es Agosto, normalmente no importa eso en pleno verano. ¡Demonios! ¡¿Que pasa hoy?! - el Goblin hablaba sólo, mirando a la calle, como si estuviera dirigiéndose a la acera, o al destino, que parecía querer jugarle una mala pasada.

- ¿Y ahora que hacemos? - le preguntó el novato

- Pues nada, que vamos a hacer. Tú a montar las mesas y yo a terminar de preparar. Y luego a esperar - contestó mientras andaba de vuelta a la cocina - esperaremos, tienen que venir, siempre vienen... - iba diciendo cuando salió del ángulo de visión del novato.

Así que fue lo que hizo. Montó las mesas como siempre. Preparó todo lo que solía preparar. Platos, cubiertos y servilletas listas en el mueble auxiliar. Incluso estuvo un rato colocando las copas en la posición mas recta que pudo, mesa a mesa. Cuando ya no pudo más, fue a mear. Le dio tiempo a todo. Pero allí no apareció nadie. El Goblin andaba de un lado a otro de la cocina. Todo lo que salía de su boca eran maldiciones. El novato no se atrevía ni a pestañear, mucho menos hablarle en ese estado. Pero el tiempo pasaba, y allí no aparecía nadie. Eran ya las ocho cuando se le ocurrió que podía asomarse a la calle, y ver si los otros restaurantes cercanos tenían gente. Y así lo hizo. Cuando volvió, fue directamente a la cocina.

- Jefe, el resto tiene gente. Incluso el bar "Los Guarreras" está lleno hasta la bandera - le dijo

- Pero... ¡no puede ser! ¡¿que diablos pasa hoy?! - la mirada del Goblin daba miedo de verdad. Empezó a transformarse poco a poco en una mirada asesina. Desafiante. El novato no era creyente, pero pensó que, de existir el Demonio, debía tener una cara similar.

- ¡Con que esas tenemos! ¡Pues aquí si no trabajo yo no trabaja nadie! Acércame el listín telefónico - tiró el trapo sucio al suelo y salió corriendo de la cocina, en dirección a la barra. El joven camarero llegó corriendo con el listín telefónico bajo el brazo y allí estaba el Goblin, con el teléfono en la mano. Movió la mano izquierda en dirección al novato, metiéndole prisa, mientras decía:

- Vamos, vamos, dime el teléfono de "Los Guarreras", rápido. 

Marcó el número que su camarero le dictó y espero paciente. Una ligera sonrisa asomaba en la comisura de sus labios. Al final alguien contestó al otro lado.

- ¿Si? ¿Es el Guarreras? Mire, quería reservar mesa para treinta. ¿Puede ser? Muy bien, en la terraza si puede ser. Para dentro de media hora, más o menos... ¡gracias! - y colgó

- Ale novato, dame el número del restaurante de al lado. Aquí no trabaja hoy ni Dios.

Esto no puede ser, no puede estar pasando, pensó el novato. Pero no tuvo más remedio que acatar las ordenes. Así que buscó en la guía y le dio el teléfono que pedía. El Goblin repitió la operación, reservando mesa para treinta para dentro de meda hora. Y así lo hizo con todos los restaurantes de la zona, todos los que aparecían en la guía y todos los que pudo recordar de memoria. Cuando terminó eran casi las nueve.

- Bueno muchacho. Vamos a cerrar. Hoy es tu día libre. ¿Te apetece dar una vuelta? - le preguntó mientras se levantaba del taburete y dejaba el teléfono a un lado.

Y en media hora habían cerrado y estaban montados en la furgoneta, paseando frente a las terrazas, viendo a todos los camareros montar mesas kilométricas por todas partes. La imagen era dantesca. El Goblin iba hablando sólo.

- Te lo dije, aquí hoy no trabaja ni Dios.