Capítulo 12: No está el horno para bollos (II)

jueves, 16 de febrero de 2012

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Estaban jodidos pero bien.

La inspectora de sanidad no tardó en aparecer de nuevo por el restaurante. Se presentó a las seis de la tarde del día siguiente. Y no fue sola. Con ella iba una pareja de la policía local. El resto es historia.

Clausuraron el restaurante ese mismo día. La lista de irregularidades era interminable. Sanidad exigía el uso de un lavavajillas para fregar los platos, termostatos en cada nevera, extracción y salida de humos en la cocina y un sinfín de detalles más que la inspectora fue enumerando uno a uno. El asador no cumplía con ninguno. Pero la guinda del pastel la puso la altura del techo del salón. Por lo visto había una altura mínima y ni en eso cumplía. <<Es curioso -pensó el novato-. Justo lo que me hizo perder el diente va a ser lo que haga que mi jefe pierda su negocio.>>


La multa fue de órdago. Pero ni pagandola podía volver a abrirse ese local. No se podía ganar altura, ya que había un bloque de pisos sobre él. Otra opción era bajar el suelo, pero la obra era demasiado costosa. Al menos eso pensó el Goblin, que pagó la multa y cerró el establecimiento.

- Nadie cumple con estas cosas, ¿sabes? - dijo el maestro Guindilla - Pero si les haces un poco la pelota, prometes poner lo que piden para la próxima vez, o eres amigo, tu ya me entiendes, hacen la vista gorda. Pero claro, el Goblin tenía que amenazar y correr a gritos a una inspectora de sanidad con un cuchillo en la mano. Con dos cojones - dijo mientras daba un trago de su cerveza.

Estaban los dos sentados en la terraza de un bar próximo al asador, tomando unas cañas. Era la primera vez en todo el verano que podían sentarse así, por la tarde, a la fresca, pedir y ser servidos. Y sin embargo, la sensación no era del todo satisfactoria. Tenía un ligero sabor agridulce. Y es que estaban en la calle.

- ¿Y ahora qué?, maestro - preguntó el novato. Se habían quitado los chalecos y se habían sacado por fuera las camisas blancas. La cinta roja del pelo estaba sobre la mesa, junto al paquete de Winston del Guindilla.

- Ahora nada, muchacho. Te acostumbraras a esto. En hostelería es muy común. Nunca estarás en un sitio durante mucho tiempo. Siempre pasan cosas. Y el Goblin está muy loco, se mascaba la tragedia desde el principio. 

- Joder, es que ni siquiera he conseguido el dinero para la guitarra - dijo pensando en voz alta. Y es que con todo el lío, el Goblin no les había pagado septiembre. Así que el novato estaba como al principio del verano. Bueno, igual no. Había perdido mucho peso y tenía un traje nuevo de camarero. El maestro se atusó la barba de tres días y miró fijamente a su alumno.

- ¿Eléctrica? - preguntó.

- Si, por supuesto - contestó.

- ¿Sabes? No repartía todo el bote cada noche. Estuve guardando una parte importante, para horas extra. Me tocaba los huevos que el Goblin quisiera una parte del bote y encima no nos pagara las horas extra, así que me vengaba de esta forma. Creo que puede llegar para una eléctrica. - dijo mientras sacaba un sobre arrugado del bolsillo trasero de su pantalón. Lo apoyó sobre la mesa y lo arrastró despacio hacia el novato.

- Es tuyo. - concluyó.  Nuestro protagonista miró el sobre, y por lo abultado, dedujo que sería suficiente.

- No puedo aceptarlo maestro. - respondió mordiéndose un labio.

- Cállate y cógelo. - cogió el sobre y se lo puso en la mano. No volvería a ver al maestro Guindilla en muchísimo tiempo. Y por supuesto, no volvió a trabajar con el Goblin. Con el tiempo, su antiguo jefe abrió otro restaurante, pero él no quiso acercarse.

Unos días mas tarde se encontraba en la tienda de música de su barrio. Iba vestido de civil. La sensación de caminar un día cualquiera vestido de paisano le transportó inmediatamente al paraíso. No recordaba la comodidad de unas chanclas en sus pies. Eligió una guitarra, eléctrica por supuesto. Lo que siempre había soñado. En la tienda, además del dependiente, había un chaval joven, muy delgado, que podría ser de su edad aproximadamente. Estaba mirando guitarras. Estuvieron hablando de música un rato. El novato disfrutaba de cualquier conversación banal, incluso con desconocidos. Llevaba todo un verano hablando exclusivamente de vinos, carnes a la brasa y cafés. Una conversación sobre la técnica de Jimi Hendrix le dio la vida. Al final, aconsejado por el desconocido, eligió una eléctrica, de marca desconocida. Era su primer instrumento, así que lo mejor era aprender y no gastar demasiado. Ya tendría tiempo de comprar algo mejor cuando supiera utilizarlo.

Cuando el novato se dispuso a pagar, el destino quiso entrar en acción. Abrió el sobre y sacó el dinero que le pedía. Algo metálico se deslizó desde el interior del sobre y calló sobre el mostrador. El dependiente, el completo desconocido y él se quedaron mirando aquel objeto. Era un abridor de propaganda de las "Bodegas, el Borrachuzo Feliz".

- ¿Eres camarero? - preguntó su nuevo conocido atusándose la barbilla

- Si, bueno... ahora no. Mi jefe acaba de cerrar - contestó

- ¡Que casualidad! ¡Yo también! Trabajo en un hotel, en el comedor. ¿Quieres que hable con mi jefe? Están buscando gente para todo el año.

El novato recogió el abridor legendario que el maestro Guindilla había colocado en su sobre y se quedó unos segundos pensativo. <<¿Casualidad?, creo que no. Es mi destino>>, se dijo a si mismo.

- Bueno, ¿porque no? - respondió