Retazos (I)

viernes, 30 de marzo de 2012

El dueño del bar se desenvolvía dentro de la barra como pez en el agua. Era un tipo alto y desgarbado que siempre vestía de negro, color que resaltaba con el blanco de su pelo y bigote poblado. En general era un tipo querido por todos sus clientes y respetado en el gremio. Sin embargo, tras la barra desde donde dirigía a su ejercito de camareros, la cosa cambiaba considerablemente.

- ¡Los cafés de la mesa siete! ¡La cuenta de la mesa doce! ¡Vamos gandules! - los camareros corrían sin descanso, completamente controlados por los gritos de su jefe. Un día, mientras recogían tras el servicio de cenas, la puerta del bar se abrió. La sombra de una silueta quedó perfilada en el marco de la puerta. Uno de los camareros habló deprisa, viendo peligrar su hora de salida.

- Lo siento señor pero está... - no le dejó terminar la frase. Su jefe levantó la vista dejando a un lado el arqueo del día y le interrumpió:


- Hola, buenas noches, estábamos adelantando pero aún hay tiempo si quiere tomar algo...

- Un café - fue la respuesta escueta de la misteriosa sombra, que no parecía tener prisa para entrar a la luz del salón. Un camarero que estaba fregando a mano agachado tras la barra levantó bruscamente la cabeza y miró la cafetera, que estaba parcialmente desmontada. Los mangos de la máquina relucían sobre ella mientras se secaban junto a las tazas y platos de café. Como si pudiera leerles la mente, el dueño del bigote volvió a adelantarse sin dejar hablar siquiera al camarero.

- Por supuesto, un café... ¿solo? - preguntó mientras se dirigía a la cafetera, dispuesto a hacerlo él mismo.

- Muy corto. - respondió la sombra dando un paso al frente. Era un chico joven, delgado, de pelo muy corto y negro, aunque algunas canas empezaban a asomar aquí y allí. Iba vestido con zapatos negros de punta cuadrada, pantalones y chaleco negro y camisa blanca perfectamente planchada. Enganchado al cinturón de cuero colgaba una impresora de tickets y un comandero electrónico de pantalla táctil junto a lo que parecía un abridor profesional. El conjunto estaba rematado por una cinta roja que llevaba anudada en la frente y que le caía por los hombros llegándole casi a la cintura. Tenía las manos cogidas por detrás, por donde asomaba una vieja bandeja metálica.

- Sin azúcar por favor - añadió mirando intensamente al dueño del establecimiento. Al verlo entrar, todos los camareros del local se quedaron muy quietos mirando fijamente al intruso mientras el hombre del bigote preparaba el café de espaldas a la escena que se desarrollaba en el salón comedor. Le habían reconocido y actuaron en consecuencia:

- ¡Es el camarero Zen! ¡A él! - gritó el que estaba mas cerca, señalándolo con el dedo.

Todo ocurrió muy deprisa...

Uno de los camareros le lanzó un cuchillo de una mesa cercana directamente a su cara. Se movió deprisa, con un movimiento ágil y elegante, interponiendo la bandeja metálica en su trayectoria. A su derecha, otro camarero rompió una botella de vino que sujetaba con la mano y se dispuso a atacarle, pero sin demasiado éxito. El de la cinta roja giró sobre sí mismo golpeando con la bandeja en la nuca de su enemigo que dio de bruces contra el suelo inmediatamente. Justo en ese momento, el dueño del establecimiento se giró y contemplo la escena nervioso.

«Es él ... ¿Como ha podido encontrarme? - se preguntó a si mismo - Debo actuar deprisa o acabará conmigo»

Pero no tuvo tiempo ni de reaccionar. Mientras detenía un puñetazo proveniente de otro camarero con la bandeja, el intruso deslizó rápidamente su mano derecha al cinturón de cuero, lanzando en el mismo movimiento el sacacorchos en dirección a la barra. Se abrió en el aire y giró mientras volaba, impactando finalmente contra el pecho del hombre del bigote. El golpe fue tan fuerte que empujó su cuerpo contra el mueble de la cafetera. En unos segundos, todos los camareros del restaurante estaban por el suelo, entre un amasijo de mesas, sillas y cristales rotos. Todo estaba manchado de vino de la botella rota. Todos menos el intruso, que los miraba desde el centro del salón, con las piernas flexionadas, blandiendo la bandeja metálica, ligeramente abollada por los golpes. Se incorporó lentamente, girándose en dirección a la barra, donde el hombre del traje negro y el poblado mostacho se levantaba, agarrando con las dos manos el abridor clavado en su pecho. De la herida no parecía salir sangre.

- Ríndete cambiaformas, estás acabado - dijo el camarero mientras desenfundaba el comandero electrónico que pendía del cinturón de cuero - No volverás a esclavizar a mas compañeros en esta ciudad. - sentenció.

A los ojos de cualquiera, el tipo del bigote era un hombre normal y corriente, pero la mirada del camarero Zen era diferente. Él podía verle en realidad. Las formas de su cara se entremezclaban con una visión espantosa. Una piel oscura, una mirada diabólica inyectada en sangre rematada por unos pequeños cuernos que sobresalían de manera asimétrica de sus sienes. Eso es lo que aquél guerrero Zen veía. Era un Jobsño, un cambiaformas en la lengua común. Un ser venido del mismísimo averno cuya capacidad para transformarse lo convertía en un enemigo peligroso. «A la serpiente solo se la ve cuando ataca - le había dicho su maestro Zen. Cuanta razón tenían sus palabras»

- No puedes derrotarnos a todos. Deberías saberlo a estas alturas. Tarde o temprano todas las tabernas serán nuestras y nada puedes hacer para evitarlo - el cambiaformas trataba de sacar el abridor de su pecho, pero el artefacto no parecía querer desembarazarse de su enemigo. El camarero Zen empezó a pulsar la pantalla táctil del comandero sin hacer mucho caso a las palabras del Jobsño. Pasados unos segundos, levantó la vista y miró a su interlocutor.

- No sé que nos deparará el futuro, pero a ti no te auguro nada bueno. - dijo mientras giraba la pantalla en dirección a su enemigo. Un haz de luz surgió del comandero cubriendo todo el cuerpo del cambiaformas.

«Así que lo que decían de él era cierto - pensó el hombre del traje de negro mientras notaba como su cuerpo, e incluso su alma entera era arrastrada por la luz en dirección al comandero electrónico - Puede vernos y capturarnos con facilidad, ¡maldita sea! - fue su último pensamiento antes de ser absorbido por completo»

El dueño del establecimiento desapareció por completo. No quedó nada de él tras la barra. Sólo el abridor que estaba clavado en su pecho, que fue a parar al suelo.

En ese preciso instante todos los camareros del salón se levantaron del suelo al unísono, como si los hubieran despertado de repente de un profundo letargo. Se miraron unos a otros confundidos sin saber que hacer o decir. Todas las miradas acabaron en el camarero Zen que permanecía junto a la barra, mirando la pantalla del comandero. Al final alguien dijo:

- ¿Que ha pasado aquí?

El guerrero Zen se giró en dirección a los camareros, presionó la pantalla y un pequeño ticket empezó a imprimirse en la mini impresora portátil que colgaba del cinturón de cuero. Cuando terminó, arrancó el papelito y lo lanzó al centro de la sala diciendo:

- Habéis sido liberados. Ahí tenéis la cuenta - sentenció mientras salía por la puerta del restaurante.