Retazos (III)

jueves, 19 de abril de 2012

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El restaurante asador El Goblin clausuró un 13 de septiembre de 1992. La noticia transcendió a los medios, y se hablaba de un cierre temporal por reforma. Así lo confirmaba un inmenso cartel en la tapia que separaba su patio interior de la calle desde hacía mas de un año. Sin embargo, otra versión corrió como la espuma entre las gentes del lugar. El establecimiento había sufrido los estragos de una inspectora de sanidad con los asuntos bien puestos.

«Esa fue la versión oficial - divagaba en su mente el camarero Zen mientras observaba la barra del salón principal, ahora en penumbra -, pero no fue eso lo que ocurrió, no señor


- ¿Sabes que vas a conseguir que te descubran? Arriesgas demasiado. - dijo el maestro Guindilla. Era un tipo alto y extremadamente delgado. A pesar de su pelo, que empezaba a clarear y a las marcadas arrugas de su rostro que delataban su edad, el viejo camarero se movía y gesticulaba con energía, como si el tiempo y las innumerables batallas no hubieran hecho mella en él. Iba como siempre, vestido de camarero, camisa amarillenta y pantalón negro. Llevaba un boli en la oreja y un cigarro humeante oscilaba en la comisura de su boca al hablar, sin caerse. Miraba con cierta preocupación a su alumno mientras fregaba vasos agachado tras la barra.

- No me cogerán. Soy mas rápido que ellos, soy mas inteligente que ellos, soy mas letal que ellos. No tienen ninguna posibilidad contra el poder del elegido. - sentenció quitándose el casco, apoyándolo contra la barra. Cogió un taburete y se sentó, con la mirada puesta en la pared del fondo, hacia la nada.

«Demasiado confiado en si mismo. - pensó el maestro Guindilla observando a su alumno. - Quizás es culpa mía. Le he metido la idea del elegido en la cabeza y ahora confía ciegamente en el destino»

- No te has parado a pensar que puede que no todo esté escrito. El futuro es algo voluble, moldeable. Y una persecución en moto a toda velocidad en plena noche, con heridos incluidos, solo hará que los Jobsño se pongan mas nerviosos, mas precavidos. - dijo frunciendo el ceño para evitar que el humo del cigarro entrara en sus ojos.

- Está bien. Reconozco que quizás tengas razón. Pero el incidente de esta noche ha sido algo que escapaba de mi control. De repente aparecieron sin mas, y sus intenciones eran claras. Tuve que deshacerme de ellos. - el camarero Zen empezaba a ponerse nervioso. No le gustaba el tono paternalista de su maestro. Al fin y al cabo, ya no era un novato. En realidad no había sido un novato cualquiera nunca.

- Además, en parte nos ha venido bien. Hemos descubierto al pizzero. Maldito Jobsño cambiaformas del averno.

De repente una figura bajita y rechoncha entró en el frío y húmedo salón interior del que había sido el restaurante del Goblin. Era de mediana edad y a juzgar por su prominente papada y unas ojeras escondidas tras unas gafas redondas diminutas que le caían hasta el final de la nariz, podría decirse que rondaba mas cerca de los cuarenta que de los treinta. La papada intentaba ocultarse bajo un exagerado fular rojo sin demasiado éxito.

- Vaya, ya has llegado. ¿Que me dices del cambio de semáforos? Venga, reconócelo, que sería de ti sin mí. - dijo acercándose a la barra. Sus ojos fueron a parar a un cenicero lleno de colillas. En uno de sus bordes descansaba un cigarro encendido. Lo cogió y lo apagó en el acto.

- No me digas mas. Ya estabas otra vez hablando solo. ¿Para qué enciendes cigarros y los dejas consumir si no los fumas? Venga, que tenemos mucho trabajo. Tengo información del Troll que envió a los motoristas esta noche. - dijo el hombre del fular dándole la espalda. - No te vas a creer lo que he descubierto. - añadió caminando a lo que había sido la cocina.

Un segundo antes de seguirle, echó un vistazo a la barra. Allí solo había una cafetera, un paquete de Winston, humo y polvo.