Retazos (IV)

jueves, 26 de abril de 2012

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La pizzería el Troll feliz había echado la verja, como de costumbre, sobre la una de la madrugada. Entre semana la actividad era escasa pero aún así era raro el día que conseguían cerrar mas pronto de esa hora. En la puerta, aparcadas en batería, los ciclomotores rojos del reparto a domicilio descansaban esperando la próxima jornada. Un pequeño grupo de trabajadores se despedían a su lado, deseándose buenas noches. Habían desaparecido tres de ellos, con sus respectivos vehículos, pero nadie dijo nada allí. Cada uno se fue a su casa sin mas.




Sin embargo, en el interior del establecimiento la conversación estaba centrada precisamente en la desaparición misteriosa de esos tres chavales.

- Ha pasado otras veces, no creo que sea como para preocuparse. Ya sabéis todos que nuestro férreo control mental no es infalible. Puede ocurrir, simplemente se desconectan sin mas. - dijo un hombre desde el fondo.

La sala, escondida tras una puerta de servicio de la pizzería, era grande y estaba en penumbra. En el centro, una gran mesa redonda iluminada apenas por una pequeña lámpara que colgaba del techo, estaba ocupada por completo por un grupo de personas encapuchadas y enfundadas con túnicas negras. El que había hablado era el único que permanecía de pie, apoyado en una viga sólida de ladrillo. Tras sus palabras un murmullo disonante recorrió la mesa. Unos parecían estar de acuerdo, pero para otros aquello no tenía ni pies ni cabeza.

- La sociedad Jobsño lleva manteniendo a raya a todos sus camareros desde mas de cien años. Nuestro poder mental, entrenado y perfeccionado durante todo este tiempo no puede ser rechazado así, sin mas. Es evidente que unos van y otros vienen, pero siempre acaban trabajando para uno de nosotros. La desaparición repentina de esta noche es preocupante. Sospecho que está relacionada con los sucesos del Bar del Maqui de la semana pasada. - El que hablaba era bajo, única característica diferenciadora. Su rostro estaba oculto en el infierno de la capucha negra, igual que el resto.

Los murmullos se convirtieron en una discusión acalorada. Todas los conjeturas llevaban al mismo destino. Algo que no habían creído nunca, pero que temían en secreto. La existencia del elegido. Tras unos breves minutos, el mas alto de todos y que parecía el que presidía aquella misteriosa mesa redonda, decidió acabar con la discusión.

- ¡Silencio! - grito a la vez que se ponía en pie. Su voz rasgada y chirriante retumbó por toda la sala. - No debemos discutir entre nosotros. Si ese elegido existe y por lo tanto puede vernos en nuestra forma real, debemos encontrarlo. ¿Que se sabe de aquel altercado?

- No hubo testigos. Un transeúnte dice que vio salir del local a un camarero. Se subió en un ciclomotor y se largó a toda velocidad minutos antes de que nuestro compañero desapareciera. Sus camareros han dejado el trabajo y no se sabe nada de ellos desde entonces. - respondió una voz femenina. Estaba sentada junto a la derecha del de la voz rasgada y parecía ser la única de su sexo en aquella reunión.

- Si es un camarero lo mas probable es que trabaje para uno de nosotros. Debemos mantenernos alerta. Cualquier empleado que posea un ciclomotor negro deberá ser interrogado. ¿Ha quedado claro? Bien, pues esta reunión ha terminado. - dijo el hombre alto, mientras volvía a sentarse.

Unos minutos mas tarde, por la puerta de atrás de la pizzería que daba a un callejón oscuro, una sombra con capucha asomó a la luz de un farolillo que trataba de iluminar sin mucho éxito. El cambiaformas transmutó en el acto. La túnica fue desapareciendo para dar paso a un vestido negro, corto, unas piernas largas vestidas de encaje y acabadas en zapato de tacón de aguja. La capucha se convirtió en una melena larga, negra como la misma oscuridad que parecía envolver la ciudad aquella noche. Sacó un teléfono móvil y escribió un mensaje rápido y escueto, mirando a un lado y a otro de la calle, nerviosa.

Un móvil vibró a treinta kilómetros de aquella calle, en el bolsillo de un pantalón de pinza de un camarero que atendía a una jauría de jóvenes, de sed insaciable. Apoyó la coctelera un segundo sobre la barra y leyó el mensaje, de espaldas a sus parroquianos, que seguían pidiendo a gritos, tratando de alzar la voz por encima de una música que estaba demasiado alta. Respondió al mensaje con rapidez, guardó su teléfono y volvió a la coctelera, no sin antes echar un vistazo a todos sus clientes.

Otro teléfono vibró, al otro lado de la ciudad. Esta vez estaba apoyado sobre una caja de refrescos, dentro de una habitación frigorífica atestada de bebidas, donde un camarero, a puerta cerrada, echaba un cigarrillo y bebía una cola a escondidas. Leyó el mensaje y contestó enseguida a la vez que tiraba la colilla al interior del botellín de cristal y salía corriendo de la cámara.

El mensaje circuló de camarero en camarero por toda la ciudad hasta llegar al teléfono del camarero Zen. Vestía de paisano. Una camiseta negra, vaqueros y zapatillas deportivas eran toda su vestimenta. Estaba sentado en la parte buena de la barra, delante de un café. Sacó el teléfono y leyó el mensaje, que decía:

«Está hecho. Empiezan a buscar al elegido. Ten cuidado

Miró al camarero que atendía la barra. Estaba secando vasos mientras miraba a su único cliente, preocupado.

- ¿Que? - dijo.
- Nada, que manía con llamarme maestro. - contestó despreocupado. Era todo fachada. Estaba preocupado. Como no estarlo.