Retazos (V)

viernes, 11 de mayo de 2012

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La mesa estaba montada con precisión quirúrgica. Mantel blanco impoluto y perfectamente planchado, cuatro platos con sus respectivos cubiertos matemáticamente simétricos junto a sus respectivas copas de agua y vino. Una servilleta de tela en forma de flor colocada sobre cada plato remataba el cuadro.

Un hombre alto, vestido de traje negro con corbata gris, corte de pelo militar, canoso y ojos azules observaban la mesa, analizándola. Justo enfrente, un tipo joven vestido de vaqueros, zapatillas de deporte y camiseta negra de manga corta miraba detenidamente al tipo del traje, esperando su respuesta.




- Un trabajo excelente, aunque quizás demasiado rápido para el ritmo de nuestro salón. Aún así, no me desagrada tu estilo. ¿Donde has trabajado últimamente? - dijo, inclinándose levemente, escrutando el adorno floral que el joven había hecho con la servilleta de tela.

- Aquí y allá. Donde me sale... - respondió, tratando de eludir la pregunta. A su interlocutor no pareció importarle aquello, pues siguió mirando la perfecta colocación de cubiertos y copas, asombrado.

- Pues por mí, puedes empezar a trabajar mañana mismo siempre que te cortes el pelo y esas patillas. Demasiado largas para nuestro restaurante. - dijo al fin el jefe de sala, mirando fijamente a los ojos del joven por primera vez desde que empezaron la entrevista.

- Ningún problema. - respondió escuetamente. Llevaba una media melena rubia sujeta con una pequeña coleta. Las patillas, excesivamente anchas, le llegaban casi hasta el cuello.

- Entonces empiezas mañana. Abrimos a desayunos a las ocho, así que tienes que estar aquí a las siete en punto. Del uniforme nos encargamos nosotros, menos los zapatos, que los tienes que poner tú. Negros, de vestir, por supuesto. - Le tendió la mano, finalizando con ello las negociaciones. Como siempre, no se había hablado de horarios ni de salario, pero a aquel chaval tampoco parecía preocuparle demasiado.

«Leches, lo del pelo será complicado - pensó el joven camarero -. A ver como me las ingenio.»

La sala era enorme, atestada por completo por mesas a medio montar mientras un ejercito de camareros, con las camisas por fuera, iban y venían con manteles, platos y cubiertos. El comedor de ese hotel, lleno de clientes sería el terror del camarero mas pintado.

El joven atravesó entre las mesas en dirección a la puerta de entrada, observando a los trabajadores. Le llamó la atención que ninguno le mirase directamente, sino que le huían la mirada y se daban la vuelta disimuladamente a medida que él pasaba cerca de ellos. Solo uno le miró fijamente. Dejó la mesa que estaba montando y se acercó a otra, situada en la trayectoria del joven rubio de camino a la puerta. Al pasar a su lado, el camarero le hizo un gesto con la cabeza, observando a un lado y a otro, comprobando si alguien le observaba. El rubio ni siquiera se detuvo y continuó su camino, no sin antes responder con otro gesto casi imperceptible. Giro la cabeza de derecha a izquierda, dejando claro que, fuera lo que fuera lo que preguntara aquél, la respuesta era no.

Cruzó la puerta y atravesó el hall del hotel, que en ese momento estaba bastante concurrido. En la recepción, tres chicas morenas, altas, estilizadas y uniformadas, atendían con sus mejores sonrisas a una horda de clientes que, haciendo colas mas o menos ordenadas, esperaban ser atendidos entre infinidad de maletas, bolsas de viaje y carritos atestados de paquetes. Miró fijamente a una de las recepcionistas desde la distancia, mientras se pasaba la mano por el pelo.

«Ay, morena - pensó dejando atrás la recepción, empujando la gran puerta de entrada al hotel -. Porqué tenías que ser una cambiaformas. Que diferente hubiera sido todo, de no ser por este pequeño detalle.»

Cruzó la calle, paseando despacio, como distraído. Al cabo de unos pocos minutos se llevó la mano a la oreja derecha y dijo en voz baja:

- ¿Situación?

Mientras tanto, en el restaurante El Goblin, el tipo del fular miraba distraído varios monitores mientras se comía un kebap. La pregunta salió de los altavoces instalados en el habitáculo, retumbando por lo que había sido la cocina del Goblin, convertida en una sala de operaciones al uso. 

Comprobó el monitor que tenía mas a la derecha, donde podía verse la entrada principal del hotel y al joven rubio de patillas anchas cruzando la calle. El resto de pantallas monitorizaban otras cámaras mostrando diferentes ángulos de visión del exterior del hotel. La pantalla central mostraba la recepción del mismo, enfocando directamente a la morena, la cambiaformas que estaba ayudando al equipo desde dentro.

«Espero que no te descubran - pensó mientras dejaba a un lado el pringoso kebap y se limpiaba la boca con una servilleta que se antojaba insuficiente -. Arriesgas demasiado traicionando a los de tu raza. Estás enamorada hasta los huesos.»

Dejó a un lado sus preocupaciones y pensamientos para responder a la comunicación, no sin antes dar un largo trago a un refresco de naranja sin gas que amenazaba hacía rato ya con derramarse por encima de varios teclados que poblaban la mesa de monitores.

- Un segundo. Aún estás a vista de cámara. - Un trago mas de refresco, y continuó hablando. - Espera... espera... Dobla la esquina. ¡Perfecto! Estas fuera del campo de visión. Mira a tu izquierda - dijo mientras con el ratón colocaba un mapa satélite en el primer monitor -. ¿Ves el callejón? Entra en él y estarás fuera de peligro .

- Entendido. - respondió mientras giraba a la izquierda, haciendo lo que su interlocutor pedía. Giró su cabeza para comprobar que nadie le seguía y siguió andando despacio. Al llegar al fondo del callejón, amparado por la semi oscuridad que reinaba allí, tiró de su coleta y la peluca rubia, seguida de las patillas, se despegaron de su cabeza, dejando a la vista su cortísimo pelo negro.

El camarero Zen buscó con la mirada hasta encontrar un contenedor de basura. Lo abrió mientras volvía a comprobar que nadie miraba, y se deshizo de su improvisado disfraz.

- Listo, - le dijo al intercomunicador de su oído - Estamos dentro. Mañana empiezo el trabajo.

- ¿Era el jefe de sala? - preguntó el hombre del fular, dando sorbos nerviosos a su refresco.

- No. Ese hombre está un poco loco, pero no es un cambiaformas. Lo que está claro es que el sitio huele a Jobsño que tira para atrás. Los camareros están idos, trabajan de forma automática y sus miradas son características. Pero no es el jefe de sala. Sospecho que quizás el director del hotel. Lo sabremos pronto. Por cierto, - añadió - ¿Conoces un buen peluquero? Necesito teñirme el pelo de rubio.