Retazos (VI)

viernes, 25 de mayo de 2012

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- Yo a este plan le veo lagunas.

En la cocina del asador el Goblin, convertida en sala de operaciones improvisada, la conversación empezaba a tomar un color que le ponía nervioso. No es que tuviera miedo de, una vez infiltrado en lo que parecía ser el centro neurálgico de las operaciones de la sociedad Jobsño, hacer volar el edificio entero, liberando a los camareros y obligando al jefe de los cambiaformas a dar la cara. Bien es cierto que sería la primera operación de esa magnitud que el equipo Zen pusiera en marcha. Hasta la fecha, el viejo camarero se había dedicado a utilizar su capacidad para poder ver la verdadera forma de estos seres y, una vez localizada la taberna, atacarla en las sombras, con mucho cuidado de no ser visto ni identificado mas que por los propios camareros que liberaba, para por último atrapar al Jobsño utilizando el comandero electrónico que el hombre del fular había construido para él. Así que el plan que se estaba trazando sobre la mesa era algo mas gordo. Suponía, quizás, descabezar a la organización del averno, pero también significaba atacar de frente, a plena luz del día, de cara a un mundo que puede que no acabara de entender lo que estaba ocurriendo en realidad.




Todo esto barruntaba su cabeza, pero no era lo que realmente le preocupaba. Desde que decidió abrazar a su destino, escuchar las enseñanzas de su maestro Guindilla y convertirse en el camarero Zen tenía clara una cosa. Acabaría con los cambiaformas aunque fuese lo último que hiciera. Pensaba alcanzar su objetivo a toda costa, sin importar riesgos para si mismo.

Lo que realmente le atormentaba del plan del hombre del fular era ella.

El destino los había puesto en contacto hacía ya tres meses en lo que fue la misión rutinaria mas extraña de todas las que llevaron a cabo desde el cierre del asador el Goblin.

El hombre del fular se dedicaba, como cada día, a analizar los datos que las innumerables pantallas de su peculiar sala de operaciones iban escupiendo ante sus ojos. El software que él mismo había desarrollado se encargaba de recopilar información diversa, como censos demográficos, datos estadísticos de empleo turístico, porcentajes de ocupación hostelera y cosas similares. El enjuto hombrecillo se pasaba horas y horas analizando toda esa ingente cantidad de información tras sus pequeñas gafas redondas, alimentándose únicamente de refrescos de naranja sin gas y algún que otro esporádico kebap, que siempre llegaba frío a la guarida. Buscaba con total obstinación un patrón, una conducta, cualquier cosa que pudiera ser una pista sobre la posición de uno de esos cambiaformas.

El modus operandi de la organización era similar en casi todos los casos. Se instalaban en la ciudad abriendo un local relacionado con la hostelería. Aprovechaban su poder presentando una apariencia normal y empezaban a contratar profesionales del sector. Los mas débiles de mente sucumbían en seguida al poder manipulador del cambiaformas. Otros tardaban mas, pero al final todos acababan trabajando gratis jornadas imposibles de soportar por cualquiera.

El hombre del fular vigilaba todos esos datos en busca del patrón. Todas las alarmas saltaron alrededor de un restaurante italiano de lujo, situado a primera línea de la playa. Nunca trabajaban los mismos en aquel lugar, no se les veía jamás por la calle y, fijándose en uno cualquiera, este estaría en su puesto de trabajo de Sol a Sol.

Olía a Jobsño a kilómetros, así que llamó al camarero Zen. Entró en acción de inmediato.

Esperó como siempre a que el restaurante estuviera cerrando. Era el momento ideal, cuando nadie a excepción del propio dueño y sus trabajadores pudieran ver lo que estaba a punto de ocurrir en el interior del establecimiento. Entró y reconoció al cambiaformas en el acto, pero lo que vio no era lo acostumbrado.

La vio a ella.

Como siempre, su visión verdadera le permitió descubrir cual era su verdadero aspecto, mas no era demoníaco y perverso como el del resto de Jobsño. El suyo era bello. Unos tirabuzones semi traslúcidos, oscuros, se mezclaban con la larga melena de su aspecto falso. Su cuerpo, también de mujer, vestía un traje de cuero negro que marcaba unas curvas que le dejaron sin aliento. Pero lo mas impactante fueron sus ojos. Ella le miró fijamente y supo al instante que era el camarero Zen y que estaba acabada. Su mirada cambió de color de manera intermitente, mas no intentó controlarlo mentalmente, como habría cabido esperar. Porque ella también se había quedado obnubilada con la mirada de él. Fue la primera y única vez en la que el camarero Zen no capturó a un cambiaformas identificado. Tampoco articuló palabra. Simplemente se dio la vuelta y salió del restaurante.

- Entonces, ¿que es lo que no ves claro? - preguntó el hombre del fular, mirando interrogante a su compañero.

 - Que sea ella la que tenga que colocar el explosivo...