2x00 - Prologo

lunes, 15 de octubre de 2012

Rasgó las cuerdas de la guitarra eléctrica y una especie de DO tembloroso sonó a través del pequeño amplificador. Debido a la ganancia, el espantoso ruido permaneció en la pequeña habitación mas de lo debido, ensordeciendo a su oyente y futuro nuevo compañero de trabajo. Este lo observaba con paciencia, sentado en una silla, piernas y brazos cruzados. Su atuendo era el típico de cualquier camarero, pantalones negros de pinza y camisa blanca, aunque la llevaba por fuera con los cuatro primeros botones desabrochados.


El de la guitarra escuchó concentrado el ruidoso DO, esperando hasta que el silencio volvió a reinar en la estancia. Levantó la mirada en dirección a su interlocutor y con una sonrisa preguntó:

- ¿A que suena bien?
- Ya me jodería a mi... - fue su única respuesta.
- ¿Porqué?

- Hombre, dos meses encerrado tocando como un loco para esto. Ya me jodería a mi, ya. - respondió aquel con una amplia sonrisa.
- Tienes razón, necesito unas clases, pero no tengo ni un duro. Me he gastado todo el dinero que gané en el asador El Goblin en esta guitarra y este amplificador.

El camarero descamisado miró la guitarra, comprobó su reloj y se levantó de la silla como un resorte.

- Vamos, que llegas tarde a la entrevista. Si el Maître te contrata tendrás todo el dinero del mundo.
- Si, eso pensé yo cuando entré a trabajar para el Goblin y mírame - contestó desconectando el cable del amplificador y apoyando la guitarra contra la pared.
- ¿Has pensado como vamos a llamarnos?
- ¿Como?
- Si hombre, el nombre del grupo. ¿Que te parece “Los camatas del metal”?
- Pelotudo... - respondió con media sonrisa mientras cruzaba la puerta de la habitación.

De camino al hotel en la Scooter de su reciente nuevo amigo, volvió a notar el hormigueo. El mismo que notó por primera vez, en el asador El Goblin, su primer trabajo, cada vez que abrían la verja que daba acceso al patio. El hormigueo previo al combate. Ni siquiera sabía si le contratarían o no. Vagas promesas de Tas, que así se llamaba el muchacho argentino que conoció en la tienda de música donde se había comprado la guitarra.

Tras reconocerse del oficio, hablaron un rato de música y hostelería. Le preguntó por su nombre. Aquél le contó que venía de “El Demonio de Tasmania”, apodo que el jefe de camareros del hotel donde trabajaba le había puesto en su primer día de trabajo.

- Curioso jefe tienes - dijo riéndose del ocurrente apodo.
- No lo sabes tu bien. Oye, ¿querés ganar plata? - le preguntó Tas.

Así fue como acabó ofreciéndole trabajo en el hotel. Sin embargo el que tomaba la decisión era el jefe de sala. Tas le había puesto en antecedentes. El Maître era un tipo con tantos años de experiencia en el sector como malas pulgas. Algunos consejos previos a la entrevista lo habían puesto mas nervioso todavía. No le mires fijamente a los ojos, habla solo cuando te pregunte algo y nunca jamás muestres miedo o agotamiento, eran algunas de las cosas que el argentino le había comentado.

- ¿Se le puede dar de comer después de media noche? - había bromeado. Pero a Tas no pareció hacerle demasiada gracia.
- ¿Comer? Creo que no come, por eso se cabrea cuando lo hacemos los demás.

Su nuevo amigo le había asegurado que necesitaba gente, que el jefe de sala tenía dificultades para encontrar camareros y que por eso era seguro que le iba a contratar. Que no se preocupara. Sin embargo lo hacía. El hormigueo le avisaba de que algo iba a pasar.


El estomago se le hizo un nudo por completo cuando la silueta del gigantesco edificio se recortó en el horizonte. Hasta la moto pareció sentir la extraña sensación, escupiendo un sordo bramido, seguido de una voluta de humo negro. Así que se lo tomó como una señal. No podía imaginar cuanta razón tenía su sexto sentido, que le avisaba de la batalla.

Una batalla encarnizada, brutal e interminable...