Capitulo 2x01: Todo el mundo imita al señor Hateman.

lunes, 29 de octubre de 2012

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- Sabes que tienes que pasar por la parte de atrás, ¿verdad? - dijo la voz enlatada a través del interfono.

- ¡Uh! Che, vos que sos un tipo amable, generoso, no seas amargo y déjanos pasar por la puerta grande. Seguro que el Reptil ya se fue a comer. - respondió Tas sin bajarse de la Scooter.
Estaban en la majestuosa entrada principal de vehículos del hotel, junto a la escalinata frontal y la puerta giratoria que daba paso a la recepción. Una barrera les flanqueaba el paso. La pequeña cámara situada en un lateral permitía a los chicos de recepción controlar el paso. Por lo visto los trabajadores no podían entrar por ahí.

- Que tienes que dejar la moto detrás y entrar por la puerta de servicio, que tienes una manía... - el argentino no se dio por vencido sin presentar batalla.


- ¿A que no adivinas quién está hoy en la barra? Así que ya sabés si querés unas rubias. - se giró para mirar al novato, que estaba sentado en el asiento trasero de la Scooter y le guiñó un ojo. El motor seguía ronroneando y tirando humo negro.

 - Pues me parece que me voy a quedar sin cerveza porque el Reptil acaba de pasar por recepción y va para la puerta. - respondió la voz del interfono.

- ¡Me cago en diez! ¡Agua, agua! - gritó Tas girando la moto en dirección contraria a la puerta y apretando a fondo el acelerador, tanto que el novato tuvo que agarrarse como pudo a la camisa blanca del argentino para evitar caerse de la moto. Se alejaron rápido de la entrada al hotel, tomaron una rotonda y Tas llevó el vehículo por una calle que rodeaba el recinto. El novato preguntó, casi a gritos para que su voz sonara por encima del escandaloso motor de la Scooter:

- ¿Quien leches es el Reptil?

- El mandamás, el director del hotel, mejor que ni nos huela por acá. - respondió Tas.

«A mi si que me huele, pero muy mal. Primero la famosa mala leche del maître, y ahora resulta que todo el mundo teme al director. - pensó el novato - Empezamos bien.»

Medio minuto mas tarde los dos compañeros llegaron a la parte trasera, una calle estrecha atestada de coches y mal iluminada que desprendía un extraño olor nauseabundo. Atrás quedó el lujo y la majestuosidad con la que el edificio recibía a los turistas. Una valla herrumbrosa separaba el recinto del exterior. Junto a la misma, en una esquina, seis contenedores enormes desbordados de bolsas de basura, cajas de cartón y demás desperdicios eran los culpables del peculiar aroma. Una pequeña puerta metálica, que en ese momento se encontraba abierta, permitía franquear la valla y acceder al interior. Dos hombres vestidos de blanco, con gorros y delantal de color azul claro hablaban acaloradamente junto a los contenedores de basura. Desde fuera se podía adivinar una especie de pequeño parking donde un par de coches descansaban a la sombra, bajo un techado metálico. Un poco mas al fondo, una bajada se introducía hasta los mismos pies del edificio, perdiéndose de vista.

El argentino aparcó la Scooter con un movimiento brusco, justo al lado de la basura amontonada y giró la llave del contacto al mismo tiempo, apagando el motor. Uno de los hombres de blanco tiró la colilla a los pies de la moto y dijo:

- Mira, ya está aquí el "pingüino argentino" y parece que viene con regalo. ¿Quien es? ¿Tu último ligue? - sus palabras sonaron sarcásticas aunque su semblante permaneció serio e inexpresivo. Su compañero se reía entre dientes.

 - Que boludo que sos, este es el novato, siempre que pase el filtro del señor Hateman, por supuesto. - respondió Tas bajándose de la Scooter. El novato le imitó.

- ¿Hateman? ¿Que clase de nombre es ese? - preguntó. Los que había identificado ya como cocineros se echaron a reír al unísono.

- ¡No me digas que aún no le has hablado de vuestro jefe! - dijo uno.

 - ¡Claro! Tenéis miedo de que no quiera currar aquí. - dijo el otro sin parar de reír.

«Maldita sea Tas, ¿donde me estás metiendo? - pensó el novato mirando a los dos cocineros, que se estaban riendo a gusto. - Si yo solo quiero ganar un poco de dinero para el grupo de rock.»

- No les des bola pibe, estos dos están remal de la mocha. - dijo Tas mientras giraba en círculos el pulgar de su mano a la altura de su cabeza. Atravesó la puerta metálica y entró en el recinto, no sin antes obsequiarles con un gesto obsceno con el dedo. El novato lo siguió.

El parking trasero del hotel contrastaba de la misma manera que la calle de atrás. Si la entrada era todo lujo y ostentosidad, la entrada de servicio era exactamente lo contrario. Bajaron por una rampa de cemento que les llevó hasta una pequeña puerta. Un timbre y una discreta cámara les dio la bienvenida. La misma voz enlatada de la barrera de la entrada principal sonó por aquel interfono.

 - Veo que has claudicado, pibe. - la voz sonó especialmente irónica en la última palabra.

- Dejate de joder y abrí. - respondió Tas.

- ¿Todo el mundo es tan simpático aquí? - preguntó el novato mirando a los ojos del argentino.

- Espera a conocer al señor Hateman. - fue su escueta respuesta.

Un sonido hueco y estridente les permitió entrar. El novato no podía creer lo que estaba viendo. Un estrecho, oscuro y húmedo pasadizo, pues aquello no podía llamarse pasillo, se vislumbró a través de la puerta, que acababa de abrirse ante ellos. Una cucaracha se paseaba por la pared y una gotera en mitad del estrecho paso remataba el ambiente tétrico.

- Pasa, es por aquí. - dijo Tas atravesando la puerta.

«¿Pero esto que es? - pensó el novato - ¿El túnel del terror de la feria de mi pueblo?»

A pesar de sus pensamientos, siguió a su futuro nuevo compañero. Después de un verano trabajando con el Goblin, empezaba a estar inmunizado a la grasa de las paredes, pero aquello era demasiado incluso para él. El pasadizo giró a la izquierda. Le abofeteó la cara un fuerte olor a tabaco mezclado con sudor recocido que a punto estuvo de tumbarlo de culo. Unas voces que provenían de la única puerta existente en ese tramo marcó el lugar del que procedía el inmundo olor.

- Es el vestuario, los chicos te están esperando. - dijo Tas cruzando el umbral de la puerta. El novato entró tras él.

- ¿Vestuario? ¿Pero yo no iba a la entrevista con el Maître?

- No tengas tanta prisa chaval, nosotros te tenemos que dar el visto bueno. - dijo una voz ronca desde el interior del vestuario.

Una vez dentro del cubil el novato necesito unos segundos para que su vista se acostumbrara al espeso humo que flotaba en la estancia. Efectivamente, era un vestuario, pues al fondo podía adivinarse una hilera de taquillas metálicas destartaladas y oxidadas. Algunas estaban abiertas y otras directamente no tenían puertas. Camisas blancas y ropa sucia hechas bola las decoraban. Esparcidas por el suelo de manera aleatoria, unas hamacas de playa viejas y rotas servían de asiento a tres peculiares camareros, que parecían descansar. Por su aspecto necesitaban descansar mucho mas todavía. Todos iban de blanco y negro, con las camisas desabrochadas y por fuera del pantalón.

El que había hablado era un tipo delgado y desgarbado, mas cerca ya de los cuarenta que de los treinta a juzgar por las arrugas que se concentraban alrededor de unos ojos de mirada aguda y despierta. La perilla le concedía un aire aristocrático, como de don Quijote venido a menos. Fumaba despacio, mirando fijamente al novato, esperando quizás una respuesta por su parte. Este no contestó, pues su atención se había concentrado en los otros dos camareros que estaban sentados en hamacas.

El primero era enorme. A ojo le calculó cerca de dos metros de alto. De ancho no se quedaba atrás. Aunque no estaba musculado, la camisa blanca le venía pequeña, incluso desabrochada como la llevaba.

- Mira Maqui, ya está aquí. ¡Ondia! si está tan esmirriado como tú. - dijo levantándose con una amplia sonrisa bonachona.

- Encantado muchacho, este es el Animal, el de el fondo es el Mistela y a mi me llaman la Maquina. - dijo el otro estrechándole enérgica y rápidamente la mano, como si tuviera prisa. El contraste con su compañero era increíble, pues si aquel era grande y ancho de hombros, la Maquina era todo lo contrario. De estatura pequeña, delgado hasta el extremo y rápido en todos sus movimientos, era exactamente el antagónico del Animal, pues aquel parecía moverse solo lo estrictamente necesario.

- Dale pibes, ya tendremos tiempo de intimar con el novato, pero ahora tenemos poco tiempo para prepararlo. - dijo Tas sentándose en una hamaca libre.

- Esto va a ser divertido. - dijo al que llamaban el Mistela frotándose las manos. El novato miraba la escena, los cuatro camareros descamisados sentados en hamaca, y por un instante se sintió bien, como si formara parte de aquel grupo peculiar, como si ya fuera uno de ellos. Siguiendo su instinto se sentó con ellos.

Estuvieron mas de una hora hablando del señor Hateman, pues ese era el apodo que, según sus nuevos compañeros, se había puesto así mismo. Tras recibir toda la información que le proporcionaron, pudo hacerse una idea general de como era el jefe de sala del hotel. Medía cerca del metro noventa de estatura y aunque era ancho de espaldas estaba bastante delgado. Rondaba los cincuenta años de edad aunque aparentaba mas, pues tenía la cara llena de arrugas y las bolsas de los ojos estaban exageradamente hinchadas. Tenía el pelo blanco, incluso el del frondoso bigote que se movía de un lado a otro cuando hablaba. Sus ojos azules tenían una mirada glauca y fría, agresiva, que junto con el traje negro, impoluto y perfectamente planchado, le proferían un halo de respeto, miedo y autoridad. Su forma de trabajar y dirigir a sus camareros encajaba perfectamente con su aspecto.

Era tan cabrón como parecía...

- Tiene un boli rojo aquí. - dijo el Animal señalando el bolsillo de su camisa blanca. - Ten cuidado si ves que lo señala con el dedo.

- ¿Que pasa? ¿El boli es un sable láser o algo así? - preguntó el novato mirando incrédulo al hombre mas grande que había visto jamás en su vida.

- Es peor, es el que utiliza para tachar los días libres del horario. - respondió la Maquina. - Le tenemos que hablar de su voz. El Bestia lo imita perfectamente. - añadió señalando al grandullón. Su cara se iluminó ante la perspectiva de la imitación. Se levantó enseguida, colocándose en el centro del vestíbulo.

- Lo del hombro lo clava. - dijo Tas animándole. Todos parecían divertirse mucho con aquello, incluso el Mistela, que aunque permanecía a cierta distancia, contemplaba la escena con una media sonrisa.

«Leches, yo me quejaba de lo locos que estaban en el asador, pero estos están peor. - pensó el novato, aunque en su fuero interno también le parecía divertida la escena. Aquellos locos le habían caído bien casi al instante.»

- ¿Que es “lo del hombro”? - preguntó.

- Se levanta el hombro izquierdo ligeramente, con los brazos extendidos y las palmas de las manos bien abiertas. - el Animal realizaba los gestos a medida que iba explicándolos. Todos lo miraban, riéndose a pulmón lleno. - Se mira al cielo así - añadió mirando hacia el techo. El argentino se acercó al novato.

- Ahora viene lo bueno, pibe. - le dijo sonriendo.

Al Animal le cambió la voz por completo. De su boca salió un gutural grito, una mezcla de graves y agudos, retumbando por todo el vestíbulo:

- ¡Ostias! ¡Estoy rodeado de inútiles! ¡Despedidos! - dijo gritando. Las risas tuvieron que escucharse por todo el pasillo, pues todos empezaron a reírse sin control ninguno. Tas llegó a caerse de la hamaca. El novato también reía, mas por imitación que por otra cosa, pues no acababa de entender que les hacía tanta gracia.

De repente, un ruido de pasos que venía del pasillo les fastidió la fiesta. Todos se callaron en el acto, menos el novato, que también era novato en estos menesteres. Siguió riéndose sin darse cuenta del silencio de sus compañeros, contagiado por las risas que hacía apenas un instante inundaban la estancia.


- Callate, loco. - le dijo Tas con la esperanza de avisarle, pero no llegó a tiempo. La figura del señor Hateman se recortaba ya en el umbral del vestíbulo. La oscuridad del pasillo se fundía con el traje negro. Unos ojos inyectados en sangre miraban al novato, que de espaldas a la puerta, miraba a su vez incrédulo al argentino.

 - ¿Que me calle porqué? - preguntó sin darse cuenta de la presencia de su futuro jefe.

- No me digas mas. El de la risa tonta es al que tengo que entrevistar. ¡Circule, ostias! - dijo haciendo un ademán con el brazo, señalando al pasillo por el que había venido. Su voz de ultratumba sonó idéntica a la imitación que segundos antes había realizado el Animal.

El novato se giró y sus miradas se cruzaron por primera vez. La sangre dejó de correrle por las venas y tuvo miedo. El Maître, como leyendo sus sensaciones, dijo:

- Bienvenido al infierno, novato...

«Empezamos bien. - pensó cerrando lentamente la boca. - Esto me suena.»