Barman: El camarero Oscuro / #mirelato

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Nota del autor: Este relato forma parte de un libro colaborativo que algunos usuarios de Google Plus estamos escribiendo bajo el hashtag #miRelato
Se ha creado un blog para recopilar las distintas colaboraciones. Puedes verlo aquí --> http://relatosgoogleplus.blogspot.com.es/ y su correspondiente página de G+ aquí --> Relatos de G+

Tenía 25 años de experiencia en el sector hostelero pero su cuenta bancaria permanecía igual que una bayeta muy usada. Completamente seca. No es que fuera un camarero mediocre, sino todo lo contrario. Su valía estaba más que demostrada. Sin embargo, en esta España nuestra, el oficio es muy perro y todos sus esfuerzos fueron recompensados con un puesto de jefe de barra en un concurrido restaurante. Pero que no les induzca a error mis palabras pues era un puesto solo de boca, donde la responsabilidad del cargo no venía acompañada de un sueldo digno, sino todo lo contrario. Era el que menos cobraba de la plantilla. Hay que dar ejemplo, le decía el mandamás. Y con la escusa era el primero en llegar y el último en salir. Era el “pringao”, y todos sus conocimientos y experiencia no le servían para un carajo.

Su situación no consiguió mermar la profesionalización con la que desempeñaba su oficio. Era meticuloso hasta con el mas ínfimo detalle, siempre sonreía y trataba a todos los clientes con respeto, incluso cuando no se lo merecieran.

Era, en definitiva, el camarero perfecto.


No, no he cometido un error de tiempo verbal. Digo era, porque todo esto ya pertenece al pasado. Un día, de repente, su actitud cambió por completo. Nadie sabe que fue lo que provocó el cambio. Quizás un cliente maleducado, quizás un “tráeme una sacarina” cuando ya había llevado el café, quizás una mesa a las tres de la mañana que no parecía tener intención de irse. Lo que ocurrió en realidad nadie lo sabe, aunque se especula que alguien se quejó de la temperatura de la cerveza. Que estaba demasiado caliente, le dijeron. Al parecer se quedó muy quieto, observando la cerveza sobre la mesa de la terraza, al Sol, un quince de Agosto a las tres de la tarde. Nunca volvió a ser el mismo. Las malas lenguas aseguran haberle oído responder lo siguiente:

- La cerveza efectivamente está caliente. Tiene usted razón. ¿Pero sabe una cosa? La cerveza estaba fría cuando la serví. Si en vez de estar de cháchara, cotorreando y criticando a todo el que pasea por la calle, se hubiera bebido la maldita cerveza, tal vez la hubiera encontrado usted fría.

Sea como fuere, la cuestión es que, de un día para otro hasta su atuendo cambió. Ahora siempre vestía de riguroso y pulcro negro. No fue solo en apariencia. Sus modales y su humor se tornaron negros como sus pantalones de pinza y su camisa negra. Sus compañeros, acostumbrados a aprovecharse de él y a reírse a sus espaldas, sufrieron el cambio con mas intensidad. Empezaron a temerle y a llamarle, siempre a hurtadillas y entre susurros, el camarero oscuro.

Lo que no sabían es que nuestro peculiar protagonista era consciente de su nuevo apodo. Y le gustaba. Cada vez que los escuchaba susurrar se sentía poderoso y una leve sonrisa, apenas imperceptible, aparecía semioculta en el rictus de su cara. Pero lo que mas disfrutaba era la sensación de temor que los clientes experimentaban cuando lo provocaban.

Y lo provocaban muy a menudo...

- Un cortado, corto de café, con la leche natural, con hielo y sacarina.

El camarero levantó la mirada de la pantalla del comandero donde estaba apuntando el pedido y la posó suavemente sobre los ojos de su clienta. Después giró lentamente la cabeza, buscando al compañero de barra. Frente a la cafetera estaba el oscuro, preparando cafés como un loco, absorto por completo en su tarea sin importarle la lista de pedidos que iban acumulándose a su lado. Era como una máquina de hacer cafés, perfectamente engrasada.

El camarero se volvió de nuevo hacia su clienta, que leía ahora un periódico, distraída. Respiró hondo, se armó de valor y dijo:

- Disculpe, ¿usted es nueva, verdad?

- ¿Perdone? - contestó levantando la vista de las noticias.

- Digo que si es usted nueva, que si es la primera vez que viene usted aquí. - aclaró el camarero. Estaba nervioso y su mirada iba y venía intermitentemente de la cafetera a su clienta.

- Pues si. ¿Me va a traer ya mi cortado? - preguntó impaciente la mujer.

- Verá, es que aquí el cortado lo hacemos solo de dos maneras. Descafeinado y normal... - respondió muy despacio, cerrando los ojos mientras hablaba.

«No voy a ser yo el que discuta con él, me importa un carajo lo que me diga esta señora»

- Pero, ¿que me estás diciendo? Anda, tráeme mi cortado de una vez. Y corto de café, por favor. - sentenció volviendo a su lectura.

El camarero no respondió. Se limitó a manipular el comandero electrónico, escribiendo:

"Cortado/ corto/ hielo/ le. natural/sac"

«Usted se lo ha buscado» , pensó un instante antes de pulsar la tecla "enviar" y dirigirse a otra mesa a toda velocidad. No quería estar cerca cuando el oscuro leyera la comanda.

La mañana estaba siendo tranquila, dentro de lo tranquila que podía ser una mañana en la cafetería mas concurrida de la ciudad. Cerca de una centena de clientes se agolpaban, entre las mesas y la barra, en busca de un buen desayuno. A él tanta masificación no lo ponía nervioso. Para él, preparar cafés sin parar durante horas era pura rutina. El sistema informático hacía el resto. Al lada de la cafetera, sobre un mueble metálico donde descansaban innumerables platillos de café, perfectamente alineados y preparados con cucharillas y azucarillos, una pequeña impresora escupía tickets sin descanso.

«Solo, dos cortados, capuchino...»

El camarero oscuro leía los escuetos mensajes que aparecían impresos y sus manos bailaban con increíble agilidad, moviéndose por la cafetera como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. Colocaba tazas ya preparadas sobre los correspondientes platillos, se giraba y las colocaba sobre una bandeja, arrancaba el correspondiente ticket, dejándolo en la misma bandeja y gritaba:

- ¡Marchando mesa ocho! - el primer camarero que pasaba junto a la barra recogía el pedido y salía disparado a la mesa correspondiente.

Llevaban como digo, toda la mañana sin parar pero sin que nada transcendente ocurriera perturbando la peculiar tranquilidad del Oscuro. Pues para él, ese ritmo imparable e incesante era lo mas parecido a la felicidad.

«Dos solos mesa diez, café con leche y cortado mesa cuatro, cortado corto de café con la leche natural, hielo, sacarina... ¡ostias!»

El pequeño ticket temblaba en su mano a pesar de que su cuerpo era una estatua. Solo estuvo así unos segundos y enseguida algún cliente gritó desde el lado bueno de la barra:

- ¡Oye tú! ¿¡Y mi café?! - levantaba la mano y la movía convulsivamente tratando de llamar su atención. Sin quitar la vista del ticket empezó a andar despacio, en dirección al salón. Señaló al cliente impaciente con un firme dedo índice y dijo:

- ¿Tienes prisa? ¿Llegas tarde a trabajar? ¡Pues circula! - giró en seco el dedo mientras caminaba, la vista fija en el ticket. Su índice ahora apuntaba directamente a la puerta.

El cliente se quedó pálido y sin saber que responder, agachó la cabeza y se dirigió a la salida, farfullando. El resto de parroquianos empezaron a murmurar entre ellos, pero permanecieron expectantes. Eran clientes habituales y la escena les resultaba familiar. El local era famoso por este tipo de altercados, e incluso, tal y como sospechaba el dueño, la gente acudía a desayunar en masa precisamente por ellos. Un poco de acción antes de ir a trabajar no les venía nada mal.

«Así que cortado corto de café con la leche natural, ¿eh? Pero que se ha pensado esta gente, ¿que hacemos “cafetitos a la carta”?. A ver quien ha sido... mesa doce...»

El camarero Oscuro recorrió la sala dando grandes zancadas y enseguida llegó a la mesa en cuestión. La mujer levantó una vez mas la vista de su periódico y le miró atentamente.

- ¿Ha sido usted la que ha pedido un café “a la carta"? - le preguntó inquisitivo, señalando el ticket que tenía en la mano.

- ¡Ah!, pero... ¿aún no me traes el cortado? Pues si que os lo tomáis con calma en este bar.

- Le voy a contar una cosa si tiene usted un minuto. - dijo el viejo camarero sentándose junto a la clienta. Apoyó el pequeño ticket en la mesa y continuó.

- Cuando usted va al supermercado y compra, no se, supongamos una barra de pan, ¿la pide a su gusto? Ya me entiende, con mas o menos sal, mas o menos cocido, etc.

La clienta se quedó estupefacta. Iba a responder pero no le dejó.

- Y cuando usted va, no se, pongamos a una tienda de música, ¿verdad que no puede pedir un disco con la mitad de las canciones, o con el doble por ejemplo? ¿Y no es verdad que ocurre lo mismo cuando va usted a una tienda de electrodomésticos? ¿Verdad que no puede usted pedir una nevera con las estanterías que usted quiera, aunque no tengan? ¿Verdad que si lo hiciera la mandarían a usted a tomar por culo? - soltó toda la artillería sin pestañear, mirando fijamente a los ojos a su clienta, que intentaba contestar, pero era imposible. El camarero Oscuro no tenía intención de callar tan rápidamente.

- Pues aquí es lo mismo, señora. En la carta tiene usted detallado el listado de cafés que tenemos disponible para nuestros clientes. En su caso lo especifica bien claro. Tenemos “cortados” y el cortado en este establecimiento es café con una pizca de leche “para cortarlo”. Además, en la carta se especifica que tenemos café descafeinado, pero no dice nada de “corto o largo”, ni con hielo, ni con sacarina ni nada por el estilo. Si no le gusta como hacemos aquí este tipo de café, es libre de ir a otro sitio, igual que si no le gusta el tipo de pan de su supermercado o el tipo de música que vende una tienda en concreto. ¿A quedado claro? - sentenció. Acto seguido, se levantó y mirando a su alrededor dijo:

- Bueno, podemos continuar. Por allí falta una caña. - y volvió al interior de su barra.