Capítulo 2x02: La Entrevista

domingo, 18 de noviembre de 2012

↩ Ir al capítulo anterior: "Todo el mundo imita al señor Hateman

- ¿Es usted de aquí? - la voz del señor Hateman sonó como un gruñido, un balbuceo entre dientes mezclado con el humo del Ducados que estaba fumando.


El asunto era sencillo y complejo al mismo tiempo. Le habían avisado. Al parecer el Maître del hotel siempre realizaba las entrevistas siguiendo el mismo patrón, cambiando solo las preguntas, que siempre eran dos, escuetas, directas y aparentemente sin sentido. Como aquella. La clave del asunto residía en averiguar que responder, cual era la respuesta adecuada. Muchos no pasaban el peculiar filtro de Hateman a pesar de responder lo mas sensato o simplemente, la verdad. Con aquél tipo todo era muy ambiguo.

«¿Soy de aquí? ¿A que se referirá? Aunque llevo muchos años viviendo en la costa, técnicamente, ser no soy, pues no he nacido en esta ciudad


Analizó la expresión del jefe de sala en busca de alguna pista, algún indicio que le indicara si "ser de aquí" era bueno o malo, mas solo obtuvo humo. Miró nervioso alrededor pero aquella especie de almacén mezclado con oficina tampoco le reveló nada. Estaban en un lugar al que llamaban "office". Para llegar hasta allí, el novato tuvo que seguir al señor Hateman, que caminaba a buen paso y en completo silencio, a través de las entrañas del hotel. Recorrieron innumerables pasillos, subieron a varios ascensores, mas pasillos, atravesaron una lavandería y una sala de máquinas y acabaron el tour subiendo a un montacargas. A esas alturas, el novato estaba completamente perdido.

«Esto tiene mas recovecos que una pantalla del comecocos.»

Tras salir del montacargas, un ruido ensordecedor les dio la bienvenida a una enorme sala de techo alto. El novato jamás había visto una cocina tan grande como aquella. La actividad era frenética. Un ejercito de cocineros iba de un lado otro, casi corriendo entre planchas, sartenes y cacerolas. Se gritaban, lanzaban improperios al aire y trabajaban, en definitiva, sin descanso. Cruzaron la estancia sin detenerse hasta llegar al fondo, donde una puerta con un cartel que rezaba "Office" les esperaba entreabierta. No tenía ni idea de porque a ese lugar le llamaban "office", pues a parte de una rudimentaria mesa de madera y un par de viejas sillas de comedor, no había allí ningún otro articulo de oficina. Todo lo demás eran cajas. Cajas de refrescos, de cerveza, cajas de vinos e incluso cajas y cuencos llenos de todo tipo de cereales, colocados sobre una estantería que cubría por completo la pared del fondo. El olor era cuanto menos peculiar. Una extraña mezcla a vino fermentado con cereal caducado y unas finas trazas a tabaco. El novato empezaba a marearse y no tenía muy claro si por el ambiente enrarecido o por la mirada penetrante del Maître, que parecía impacientarse.

«Ser o no ser de aquí, esa es la cuestión. Piensa leches, piensa... Un momento... ¿Cuales eran los acentos de los camareros? Uno es indudablemente argentino, eso está claro. El Máquina y el Animal tienen un extraño tono sureño. No andaluz, pero similar, así que ellos tampoco son de por aquí. La duda radica en el Mistela. El apodo le debe venir por el típico vino dulce, que si es de aquí. Por supuesto que no conozco al resto de la plantilla, pero venga, me voy a arriesgar

- No. - respondió al fin con voz temblorosa.

- ¿Se cansa? - preguntó el señor Hateman sin pestañear, mientras se encendía un cigarro con parsimonia. Ahora comprendía el porqué de su voz aguda y chirriante. Apenas se podía adivinar la existencia de un cenicero metálico bajo la montaña de colillas y ceniza que había sobre la mesa. En los escasos minutos que llevaban en el "office" había encendido tres.

«¿Como que si me canso? Leches, toma pregunta. Pues como todo el mundo, supongo. La cuestión vuelve a ser la misma. ¿Que responder? Debería decir la verdad pero igual no es eso lo que quiere escuchar. A lo mejor lo que quiere son camareros con poderes sobrenaturales, que no se cansen ni coman ni duerman jamás. Vale, tranquilo, que ya estás divagando.»

El Maître apagó un Ducados que estaba por la mitad en la montaña de colillas. Sacó otro de uno de los tres paquetes que descansaban junto al cenicero y se lo encendió sin mas dilación. Su mirada no se apartó de los ojos del novato, analizando sin ni siquiera pestañear, cada una de sus gestos. Aquella mirada de ojos azules penetrantes atravesaba cielo, tierra y carne.

«Lo mejor será responder con su mismo juego. - llegó a la conclusión de repente, tragó saliva y no lo pensó mas. - Que la suerte me acompañe.»

- El cansancio es puramente psicológico. - respondió al fin. Sin darse cuenta miró para otro lado y entrecerró los ojos, como temiendo una respuesta negativa por parte de su interlocutor, respuesta que nunca llegó.

- Mañana a las siete aquí. El uniforme lo pones tú. Pantalón negro, camisa blanca, zapato y pajarita negros. Del chaleco me encargo yo. Lo recoges en lavandería a primera hora. - dijo levantándose en el acto.

- ¿Ya está? - consiguió articular el novato, que no había podido ni moverse de la silla.

- ¿Acaso esperaba usted algo mas? Si quiere una conversación sesuda sobre agujeros de gusano se ha equivocado de persona. Y ahora circule, no me haga perder mas el tiempo. - dijo encendiendo un cigarro más mientras se sentaba de nuevo.

El novato se levantó despacio y sin volver la vista atrás se dirigió a la salida. Una extraña sensación, mezcla de triunfo y fracaso le embargaba, pues no estaba seguro si entrar a trabajar en ese hotel era algo de lo que alegrarse. A punto estaba de salir del "office" cuando la voz del señor Hateman volvió a sonar, estridente.

- Una última cosa, chico listo. He decidido ficharte solo por una razón. Me ha hecho gracia la frasecita del cansancio con la que has salido del paso. Un tipo ingenioso, al parecer. Pero te falta algo. Te faltan huevos, chaval. Así que mañana tráete de casa los tuyos y los de tu padre si quieres aguantar aquí mas de una semana. ¿He sido suficientemente claro, novato? - caló con fuerza y el humo salió despacio a través del frondoso bigote.

- Cristalino... - respondió el nuevo camarero de sala del hotel.

- Pues ale, ¡salga de mi vista, ostias!