Capítulo 2x03: Despedido

martes, 18 de junio de 2013

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La puerta del office se cerró a su espalda con un ruido seco. Frente a él, la inmensidad de la cocina, llena de gente atareada y fogones al doscientos por ciento. Se quedó fascinado viendo el ritmo frenético al que estaban trabajando. Parecía una orquesta perfectamente sincronizada tocando su obra maestra de frituras, ollas y sartenes. Un cocinero, que llevaba un gorro blanco en vez del pañuelo que vestía el resto, dirigía aquella opera prima con tranquilidad, dando ordenes a unos y a otros sin parar de canturrear una tonadilla que el novato no supo identificar.
De repente, una gran puerta abatible se abrió a su derecha y el tiempo se detuvo en el acto. Una camarera vestida con minifalda negra, camisa blanca ajustada y chaleco, entró en la cocina con paso firme. Un extravagante moño mantenía a raya lo que se intuía una formidable melena rubia que luchaba por sentirse libre. Sus intensos ojos azules no se posaron ni un segundo en el novato cuando pasó frente a él. Iba mas preocupada por el camarero que la perseguía muy de cerca. El Animal apareció arrastrando un carro metálico lleno de platos sucios y el tiempo volvió a su velocidad normal.

- ¡Rubiaaaa! ¡¿Cuándo le ponemos los cuernos a tu noooovio?! - gritó con un vozarrón tan grande como él.

 - ¡Calla idiota! ¡No eres mas burro porque no te entrenas! - respondió ella con un gesto de desprecio en su cara mientras se deshacía el moño. Sacudió la cabeza y el pelo se liberó grácilmente de sus ataduras, transportando hasta las fosas nasales del novato su propio olor femenino, sudoroso, embriagador.

En ese preciso instante, el novato descubrió el amor.

La Rubia se dirigió al pasillo que el novato y el señor Hateman recorrieron el día anterior y sin hacer caso a ninguno de los dos, desapareció en el infierno interior del hotel. El Animal y el Novato se descubrieron acompañando la trasera de la camarera con la mirada y se sonrieron.

- Buf, como está la Rubia, me tie to loco. - dijo el mas grande de los dos, iniciando nuevamente la marcha. Arrastraba un carro enorme, cargado hasta los topes de platos sucios, como si no pesara, como si fuera de papel.

«Y a mí compañero, - contestó para sus adentros - y a mí

Una hora después, tras conseguir por fin salir del laberíntico hotel, encaminó sus pasos rumbo a casa para preparar la ropa para la batalla. Tuvo que ir andando, ya que el turno de trabajo de los camareros acababa de empezar y no encontró a nadie que pudiera acercarle.

A la mañana siguiente, mirándose frente al espejo, repetía en su mente el mantra que su maestro le había grabado a fuego durante el verano. «No hables, no preguntes. Nadie tiene más prisa que tú. El cansancio es puramente psicológico.» No podía imaginarse cuánto iba a necesitar la fuerza mental que esta última frase insuflaba en su cuerpo.

Había quedado a primera hora de la mañana con el argentino para ir juntos en la scooter a trabajar. No estaba acostumbrado a levantarse antes de que saliera el Sol, así que el madrugón y los nervios le descompusieron el cuerpo, aunque pudo aguantarlo. Lo que no pudo aguantar fue el frío.

- ¡Leches Tas, que frío hace en la moto esta! - gritó para hacerse oír sobre el ruido del motor.

- ¡Che! ¡No te quejes tanto o si no mañana subís a pata! - respondió aquel.

Llegaron al hotel como el día anterior, aunque esta vez Tas evitó la entrada principal y aparcó directamente junto a los contenedores de basura. A pesar de ser primera hora de la mañana el olor en aquél callejón era insoportable. Bajaron por la rampa y desde recepción les abrieron la puerta trasera que les conducía directamente a las laberínticas entrañas del hotel.

- Oye, el señor Hateman me dijo que tenía que recoger el chaleco en lavandería. ¿Donde queda eso? - preguntó el novato.

- ¡Ah, es verdad! Te falta el último accesorio del disfraz de pingüino. - respondió Tas. - Es refácil, seguí este pasillo hasta el fondo y doblá a la izquierda. Apurate que andamos justos de tiempo. Te espero en la puerta del office.

Contra todo pronóstico consiguió encontrar la lavandería sin perderse. Al menos sin perderse mucho. La estancia que se encontró al girar la esquina era tan grande como la cocina y estaba atestada de inmensas lavadoras, secadoras y diversas maquinarias que el novato no supo identificar. El ruido era completamente ensordecedor, hasta tal punto, que nadie se percató de su presencia. Un auténtico ejército de mujeres vestidas de blanco planchaban, doblaban e iban de un lado a otro, arrastrando carros llenos de mantelería blanca, perfectamente doblada.

- ¡Ejem! ¿¡Hola!? - gritó con la esperanza de que alguien lo escuchara y le hiciera caso. Una mujer de avanzada edad, a juzgar por su pelo canoso, se giró en el acto, demostrando una agudeza auditiva asombrosa, y se dirigió inmediatamente hacia el novato.

- ¡Hola chico! ¡Hateman me dijo que vendrías! ¡¿Eres el nuevo, verdad?! - contestó ella gritando, pues era la única forma de que pudieran mantener una conversación con aquel jaleo de máquinas y carros.

- ¡Sí, soy yo! ¡Se supone que tengo que recoger un chaleco aquí!

- ¡Sí muchacho, no te preocupes! ¡Lo tengo preparado!

De repente la lavandera dirigió su mirada a los pantalones del novato y su cara cambió drásticamente, como si algo la sorprendiera.

- ¡Pero chico! ¡¿Como vas con esos pantalones negros de pinza?! - dijo señalando su entrepierna.

- ¡¿Cómo?! ¡Pero si el Maître me dijo que trajera un pantalón así, junto a la camisa blanca! - respondió el novato.

- ¡Has debido confundirte! ¡El pantalón tiene que ser blanco! ¡No te preocupes, que tenemos aquí alguno de emergencia!

Unos minutos después, tras mirarse en el espejo no pudo evitar sentir vergüenza de sí mismo. La combinación era monstruosa. El pantalón blanco, junto a la camisa del mismo color, los zapatos negros y el chaleco de un oscuro por determinar, descolorido, le daban un aspecto muy extraño. Pero no solo era cuestión de colores. El pantalón le venía pequeño. Extremadamente pequeño. Al salir del pequeño baño de la lavandería todas las chicas le miraron con una sonrisa, como si les hiciera mucha gracia verlo de esa guisa.

- ¡Ahora sí chico, ahora vas vestido como un profesional! - la lavandera comprobó su reloj de pulsera y añadió - ¡Venga, sube rápido, que el comedor habrá abierto ya!

- ¡No estoy yo muy seguro de que este sea un uniforme muy profesional, pero si tú lo dices! - contestó el novato, dándose la vuelta y dirigiendo sus pasos hacia el laberinto de pasillos que conducían al comedor del hotel. Haber realizado el mismo recorrido varias veces en los últimos días ayudó bastante a nuestro joven protagonista, así que en menos de quince minutos estaba de vuelta en la puerta del office. Sin embargo allí ya no había nadie. La puerta abatible que daba acceso al comedor se abrió y apareció un cocinero que, mirándole con una sonrisa dijo:

- ¿Eres el nuevo, verdad? Ya puedes correr muchacho. Hateman a abierto ya la puerta. Tienes el rango abandonado.

- ¿Rango? ¿Que leches es eso? Yo es que acabo de llegar y... - no le dejaron terminar la frase. Muy al estilo de su maestro del asador durante el verano. El señor Hateman entró corriendo en ese momento en la cocina, atravesando la puerta giratoria a toda velocidad, los ojos rojos, inyectados en sangre. Se paró en seco frente al novato.



- ¡Ostias! ¿¡Dónde estaba, novato!? - le gritó, a escasos centímetros de su cara. - En ese preciso instante pareció percatarse del curioso pantalón blanco. - ¡Ostias, ostias! ¡Me cago en las lavanderas y en la puta madre que las parió! - gritó, la vena del cuello hinchada como una autopista a primera hora de la mañana.

- Pero..., pero..., ¿Qué leches está pasando aquí? - preguntó el novato extrañado. La sospecha de que todo el mundo estaba mal de la cabeza en ese hotel empezaba a convertirse en certeza.

- ¡Nada, ostias! Circule a su rango, ¡vamos, vamos! - contestó con cierta ironía - No tenemos tiempo para explicaciones.

Cogió a su nuevo camarero por la oreja y tiró de él con todas sus fuerzas, arrastrándolo a través de las puertas abatibles que abrió de una patada. Nuestro inexperto protagonista aún no había podido asimilar lo que estaba pasando cuando la inmensidad del salón comedor le abofeteó la cara. Filas y filas de mesas vestidas de blanco se perdían hasta el fondo, que no podía verse desde la puerta de la cocina. Alrededor de todas ellas, situado aproximadamente en el centro de las mismas, una estructura llena de bandejas de comida estaba siendo atacada por una auténtica procesión de ingleses de avanzada edad, que hacían cola de manera educada y silenciosa.

El señor Hateman lo arrastró, sin soltar su oreja, hasta un pasillo repleto de mesas, muchas de las cuales estaban ya ocupadas. Lo soltó de un empujón en medio de todo el jaleo y dijo:

- Su rango. Ya puede usted correr, que se le acumulan los platos, ¡Ostias! - y dándose la vuelta, desapareció tras una columna.

«¿Qué está pasando aquí? - pensó el novato aturdido, cogiéndose la oreja enrojecida - Voy a acabar echando de menos al Goblin. Bueno, menos mal que al menos los clientes parecen educados.»

Miró a su alrededor para tratar de concentrarse y realizar su trabajo cuando hizo el descubrimiento. Aquello en realidad era un buffet libre. Los ingleses hacían cola para coger su propia comida, que ellos mismos se llevaban a la mesa. A él nadie le había dicho cual era la mecánica del trabajo y el hecho de no encontrar con la mirada a ningún otro compañero lo terminó de desconcertar del todo. Se quedó quieto, mirando a su alrededor, esperando quizás que algún cliente le pidiera algo y entonces se sintió pequeño, muy pequeño. Descubrió que ser camarero no era pasar un verano en un restaurante. No era fregar platos hasta las cinco de la mañana. Ni siquiera era mantenerse callado, ni procurar no dar viajes en balde y jamás preguntar ni discutir nada como el maestro Guindilla le había enseñado.

Era algo más. El problema es que él no lo sabía. Todavía no.

Sumergido en sus pensamientos no se dio cuenta de la presencia del Maître en su rango hasta que estuvo a casi dos centímetros de su cara.

- ¡Mesa, novato! ¿Acaso está usted ciego? - le dijo señalando a una mesa sucia que unos clientes habían abandonado algunos minutos atrás.

- ¡Voy volando! - respondió enseguida. Llegó a la mesa a toda velocidad y recogió los cuatro platos sucios, colocándolos en su brazo izquierdo, tal y como su maestro le había enseñado. Aprovechó su mano derecha para llevarse también tres copas de agua y dejó el resto de cosas para el segundo viaje.

«¿Dónde dejo yo todo esto ahora? - se preguntó. La respuesta llegó a su cabeza casi al instante. - Claro, en la cocina habrá algún lugar habilitado

Para cruzar las puertas abatibles que daban paso a la cocina no le quedó más remedio, cargado de platos como iba, que hacerlo empujándolas de una patada, tal y como había hecho el Maître minutos antes. Al parecer no había perdido agilidad en su periodo de inactividad, pues los cubiertos que descansaban en los platos sucios no se movieron ni un centímetro. Divisó al fondo de la cocina lo que dedujo era el fregaplatos. Una gran máquina que despedía vapores, como si de un tren de mercancías se tratara, estaba rodeada por bancos metálicos llenos de montañas de platos sucios. Se acercó con paso firme al banco más cercano y depositó cuidadosamente la carga, evitando que alguna de aquellas montañas se precipitara al vacío.

Tras ellas, unas manos huesudas le hablaron mientras colocaban platos dentro del tren de lavado.

- Ya puedes correr, muchacho. - La voz, que se expresaba en perfecto castellano, sin acentos ni dejes extraños, era profunda y melodiosa, algo que contrastaba mucho con las formas y maneras de hablar de aquel lugar.

- ¿Perdón? - dijo el novato, poniéndose de puntillas para tratar de ver a su interlocutor, que no detuvo su rutina de introducción de vajilla en aquél invento del demonio.

- Que ya puedes correr digo, cuando Hateman te vea traer platos con las manos. - contestó aquel. 

«Esta sí que es buena. ¿Cómo pretende esta gente que traiga los platos sino? ¿Con el poder de la mente? - En ese preciso instante se dio cuenta - ¡Claro! El carro que arrastraba el Animal ayer.»

Para cuando se percató del asunto ya era demasiado tarde. El señor Hateman lo miraba desde las puertas abatibles del comedor, levantaba el hombro izquierdo levemente, extendía sus brazos en ambas direcciones y mirando al cielo, gritaba como un loco:

- ¡Novato! ¿Dando un paseo? ¡Despedido, ostias!