Capítulo 2x05: Radioactividad

domingo, 24 de noviembre de 2013

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- No te comas eso. - dijo el Máquina, mientras recuperaba un cigarrillo de la oreja y se lo encendía.

- ¿A que se debe esta repentina preocupación por mi salud? - preguntó el novato mirando media docena de grasientas hamburguesas que le esperaban impacientes sobre el plato que él mismo se había servido del buffet. Desde que trabajaba en ese hotel su apetito era voraz. No era para menos, teniendo en cuenta el horario tan absurdo que el Maître le imponía. Era como un chiste, una especie de broma pesada que el señor Hateman parecía disfrutar especialmente. Lo descubrió aquel primer día de trabajo, al finalizar el turno sobre las once y media de la noche.

- ¿A que hora entro mañana? - preguntó inocente al Maquina, aquel tipo pequeño y nervioso que parecía conocer todos los entresijos de su nuevo puesto de trabajo.

- No se tú, pero yo estoy jodido. Entro a las siete. - respondió aquel señalando con el dedo un viejo tablón de corcho donde, sujeto por varias chinchetas oxidadas colgaba un folio con una tabla llena de nombres, equis, zetas, sombreados y demás símbolos indescifrables para los profanos. El novato acercó la vista a aquella tablilla y empezó a leer para sus adentros, como si de esa forma fuera la información a convertirse en cristalina para su mente, algo que por supuesto no ocurrió.


Animal: X
Maqui: Z
SuperP: L
Demon: X
Rubia: Z
Mic: Z
Mistela: L

«¿Pero qué demonios significa todo esto? - pensó cuando su vista alcanzó el meridiano cero de la lista.»

- Deduzco que son nombres de camareros pero, ¿quien soy yo? - preguntó al aire, pues el Máquina ya no estaba a su lado. Se había ido como siempre, deslizándose a toda velocidad, en silencio.

La puerta del office se abrió de repente y el olor a colonia barata mezclada con tabaco negro lo inundó todo. Nunca olvidaría aquel olor. El señor Hateman entró al habitáculo desabrochándose la corbata gris, tan gris como su enorme mostacho. Su humor sin embargo era del color de su traje. Negro, muy negro. No pareció percatarse de la presencia de su camarero pues ni siquiera le miró. Se sentó raudo tras su mesa y se encendió un cigarro negro rápidamente mientras balbuceaba algo que el novato no pudo entender:

- Hostias… el reptil venenoso… el BMW en el aparcamiento…

- Hola señor Hateman. Estoy mirando el horario… - pero no pudo terminar la frase, algo ya habitual en su vida diaria.

- ¡¿Señor?! ¿Como que señor? ¡Cuatro millones me costó el divorcio, así que es señorito Hateman, hostias! ¿Entendido? - respondió el Maître, ladeando el hombro y levantando los brazos hacia arriba, ese gesto que tan bien había interpretado el Animal hacía solo un día.

- Em, perdón, señorito Hateman. Lo que le decía acerca del horario… - lo intentó de nuevo, pero aquello era como tratar de hablar con una pared.

- Sea lo que sea lo que vaya a decirme sobre el horario la respuesta es: ¡No! No se aceptan cambios, modificaciones, quejas y demás tonteces. El horario aquí es inamovible. Ahora ya puede usted circular, que tengo mucho lío, ¡hostias! - sentenció haciendo aspavientos con los brazos.

Así fue como el novato descubrió que la única forma que tenía para no fallar con el horario era trabajar todos los turnos del día, todos los días de la semana. Pajarita en mano, dedicó todos sus esfuerzos en descubrir cual era el mote que aquel peculiar Maître había puesto a sus camareros, con el fin de descubrir cual era el suyo propio. Cada día entraba a trabajar por la mañana y salía del hotel por la noche, pues desconocía por completo cuál era su horario y no quería cabrear a Hateman en su primera semana de trabajo. Durante la jornada, buscaba cualquier momento para acercarse a algún camarero y preguntarle como se apodaba. Apuntaba aquellos nombres en un trozo de papel que siempre llevaba en el bolsillo.

En una semana, debido al horario infinito con el que castigaba su cuerpo, había perdido diez kilos y empezaba a tener problemas para mantener el pantalón sujeto a su casi extinta cintura. Su esfuerzo le permitió así eliminar todos aquellos apodos y motes hasta que solo quedo uno.

«¿Mic? ¿Pero porque alguien me pondría Mic de mote? Bueno, ahora solo me falta saber qué significan las equis y las zetas.»

Pero volvamos a las hamburguesas. En el poco tiempo que llevaba trabajando había perdido tanto peso que empezaba incluso a marearse cuando se levantaba de golpe. Para él era impensable que alguien le dijera que no comiera el espectacular plato que tenía delante. Era como mentarle a la madre. Tenía mucha hambre y nada ni nadie impediría que comiera, bajo ningún concepto. Estaban en el comedor de personal del hotel. El Máquina, junto al Animal y varios cocineros le miraban con cara de preocupación. Todos tenía enfrente una lata de cerveza barata y parecían aprovechar el tiempo de descanso para eso, para beber, fumar y sentarse un rato. Pero a él le daba igual así que aplicó presión con el tenedor y realizó el primer corte a una de las apetitosas hamburguesa.



- Yo no haría eso, muchacho. - dijo el Animal observando detenidamente como el Novato introducía el primer bocado lentamente en la boca. Aquél masticó despacio fijándose por primera vez como todos observaban perplejos sus movimientos. El trozo de carne de dudosa procedencia cruzó sin impedimentos su garganta cayendo como una piedra en su estómago vacío.

- Pues de sabor no están mal. - dijo cortando un nuevo pedazo. Tenía la firme intención de comer todo lo que pudiera entrar en su barriga.

- ¿Porque no debería hacerlo, si puede saberse? - preguntó con la boca llena.

- Por el tema de la radioactividad. - respondió al instante el Máquina.

- ¿Como no le habéis explicado al zagal lo de la radiactividad? Si es que sois mala gente, haciendo daño gratuito. - dijo el Animal cruzando los brazos a modo de reproche hacia sus compañeros.

- Mira muchacho, aquí hay cosas que son radioactivas y cosas que no. Cosas que te puedes meter en la boca y cosas que no.

- Eso ha sonado muy mal, si es que te viene el mote como anillo al dedo, animal, que eres un animal. - dijo el Mistela desde el fondo de la sala. Estaba fumando, como todos en aquel lugar.

- Zagal, hazle caso a los mayores. - continuó el Animal haciendo callar al Mistela con un simple movimiento de mano abierta. - Mira, si es muy fácil. Toda la comida que veas en el buffet para el personal es radioactiva. Muchacho, que son las sobras, lo que se les está caducando o estropeando. - zanjó cruzándose de brazos.

El novato apoyo lentamente el cuchillo y el tenedor sobre el plato. No podía creer lo que le estaban contando pero allí estaban aquellos camareros, curtidos en mil batallas, bebiendo cerveza y mirando horrorizados como él comía las hamburguesas que el jefe de cocina había preparado para ellos. Comida pasada, caducada o en mal estado. Eso es lo que daban de comer al personal. De repente sintió el retortijón más largo e intenso que había experimentado en toda su vida. Fue como si sus intestinos sufrieran un repentino enfado entre ellos y se pusieran a hacer lucha libre para limar asperezas. Notó que se rompía por dentro mientras el dolor iba aumentando en intensidad, despacio, sin prisa pero sin pausa. Su tensión arterial bajó de golpe a mínimos impensables y un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Su aspecto debía hablar por si mismo a juzgar por las caras de sus compañeros, que lo miraban con claros signos de preocupación.

«Está bien, no pasa nada, te estas cagando, es algo que te ocurre muy a menudo. - Se dijo a si mismo tratando de mantener controlado sus esfínteres. - Solo necesitas llegar rápidamente al baño más cercano, lo conseguirás.»

Pero al parecer la ley de Murphy que dictamina que si algo puede salir mal saldrá mal tenía más fuerza en ese hotel que en el resto del universo.

Se levantó como un resorte justo cuando las hamburguesas llegaron al canal de salida. Buscó la puerta del comedor de personal con la mirada mientras un sudor frío recorrió su frente. Justo cuando iba a salir disparado en dirección al baño, justo en el último minuto, cuando aquellas hamburguesas perdieron toda la paciencia, la puerta se abrió y apareció el señor Hateman.

- ¡Panda de holgazanes! ¡¿Es que no sabéis que hora es?! - miró fijamente al novato, el único que estaba allí de pie observando la puerta con desesperación - ¿Porqué me mira usted con esa cara de huevo podrido? Es hora de mover el esqueleto así que circulen. ¡Usted delante de mí, no quiero perderle de vista, hostias! - sentenció señalando con el brazo recto hacia el pasillo.

Se colocó la pajarita, la camisa blanca por dentro y apretó con todas sus fuerzas de camino al comedor con la esperanza de poder hacer una parada en el servicio. Era de vital importancia pues no podía aguantar ni un minuto más. Sin embargo Hateman iba a su espalda, desprendiendo a cada paso una voluta de humo negro, apremiando con su mera presencia. Se armó de valor.

- Señor, es que necesito…

- Usted es demasiado joven para necesitar nada, hostias. Cuando tenga mi edad, el hígado blandito como papilla de bebé, un par de agujeros en el pulmón y la próstata hecha picadillo, entonces, entonces sabrá lo que es necesitar algo. - rumió aquello casi para sus adentros, como si en efecto en aquel pasillo no estuviera el joven novato delante suyo y el resto de camareros a sus espaldas. - Lo que yo necesito es que mueva el culo en su rango como una bailarina del jodido Moulin Rouge y no como una simple trabajadora de esquinas, que es como se mueve usted ahora, ¡hostias! - aspiró una profunda calada, como tomando aire. 

Tuvo un dejavú de su primer día de trabajo en el asador del Goblin. Tuvo que aguantar una jornada interminable sin poder ir al servicio y era justo lo que estaba pasando ahora. Solo que peor. Intentó por todos los medios posibles comunicarse con su jefe, más este siempre tenía una frase ingeniosa, un chascarrillo o un improperio nuevo que decir. “¡Ustedes los novatos siempre se quejan, como si tuvieran derecho a réplica! ¡Que es usted el nuevo, hostias!” o “¿Porque habla como si tuviera puta idea? ¡Dedíquese a tratar de hacer lo que yo diga, solo con intentarlo ya estaría haciendo usted algo, al menos!” fueron algunas de las lindezas que nuestro incauto protagonista recibía por respuesta a sus frustrantes tentativas de avisarle de su necesidad imperiosa de ir al servicio.

Cuando por fin llegaron a la puerta que comunicaba la cocina con el salón comedor ya había tomado una decisión al respecto. Era un camarero no un ser humano normal. Era el jodido camarero Zen. Ya había aprendido algunas cosas en su corta carrera. Los camareros no necesitan dormir ni comer ni descansar. Estaba allí para hacer su trabajo y eso haría. Se paró frente a la puerta y justo cuando iba a franquearla el señor Hateman dijo:

- Tiene usted cara de muerto, Correcaminos. ¿Le pasa algo?

- Que me estoy cagando. - respondió sin dejar de mirar la puerta del comedor.

- ¿Porque no lo ha dicho antes? ¿Está usted mudo? ¡Hostias! circule al baño y vuelva como si le vaya la vida en ello. No quiero que explote en mitad del comedor, que luego hay que fregar y el olor no se irá en meses. 

Al final del servicio sus huesos acabaron, como iba siendo habitual, en el friegaplatos secando cientos de cubiertos húmedos y calientes que parecían morderle con pequeños dientes afilados sus ya de por sí deteriorados dedos. De repente se le encendió una bombilla y no pudo refrenar sus instintos de contárselo al mundo, así que gritó, confiando en que el bullicio que reinaba en el lugar ocultara sus pensamientos al resto de trabajadores de la cocina.

- ¡Correcaminos! ¡El Maître me ha llamado Correcaminos! ¡Claro, por eso en el horario pone “mic”, del típico “Mic-Mic” del Correcaminos!

Puede que fuera el vapor y el calor del cubículo del friegue. Puede que fuera la emoción de haber descubierto por fin cual era su horario, tras casi dos semanas seguidas trabajando sin descanso, sin librar y doblando turnos. Quizás fuera el hecho de haber ingerido una cantidad de hamburguesas caducadas y en mal estado, radioactivas, que estaban produciendo en su estómago un efecto destructivo, algo de lo que no era consciente todavía, pero que le produciría una gastroenteritis aguda que le iba a dejar fuera de servicio durante una semana. Quizás fue la suma de dicha serie de catastróficas desdichas pero la verdad es que nunca lo sabremos. Lo que sabemos con certeza es que el novato se desplomó como un saco de cemento en el grasiento suelo, perdiendo el conocimiento en el acto.

Al escuchar un golpe seco al que no estaba acostumbrado, el hombre encargado del friegue que en ese momento se disponía a introducir una bandeja de platos sucios dentro de la boca de la máquina friegaplatos, se giró en el acto y buscó con la mirada al joven que llevaba amenizando su existencia con su presencia las últimas semanas, temiendo lo peor. Cuando lo vio tumbado boca arriba, entre cubiertos por secar, se acercó a él tranquilamente, le puso los pies en alto apoyándolos sobre una caja con suavidad y le abofeteó la cara con fuerza. El novato volvió en sí en el acto.

- ¿Por qué me pegas? - logró articular mientras su visión volvió a enfocar correctamente.

- Porque te has desmayado, muchacho. - estiró el párpado inferior del nuevo camarero para comprobar y confirmar sus sospechas. - Tienes anemia, novato. ¿No habrás comido algo radioactivo?

- Si, lo he hecho, pero me da igual. Ya no soy novato. Ahora soy el Correcaminos. - consiguió balbucear justo antes de vomitar hasta la primera papilla sobre el suelo sucio y húmedo del friegaplatos.