Capítulo 2x08 - Negro

jueves, 29 de septiembre de 2016


- ¿Le he contado alguna vez la del seiscientos? - preguntó Hateman mientras cambiaba de marcha.

El Novato llevaba cerca de seis meses trabajando, con un turno partido infernal, sobretodo por la mañana, ya que el comedor abría a las siete y el pobre diablo vivía con sus padres, a más de un kilómetro de distancia. Como no disponía de ningún medio de transporte, ni público ni propio, el muchacho tenía que pegarse la caminata mañanera. Así que el tiempo, la falta de sueño, los paseos a horas intempestivas, el volumen de trabajo y, en definitiva, la puta vida de camarero, provocó en el Novato un cambio en humor que no pasó desapercibido por el ojo del Mâitre, el señor Hateman, el ojo que todo lo ve.

- ¡Hostias Correcaminos, tiene usted cara de camarero! - le dijo un día, pasando a su lado sin detenerse mientras recogía una mesa. El Novato sonrió para sí mismo, pensando en lo absurdo de su afirmación, y siguió a lo suyo. Recoger mesa, montar mesa y demás. Pero como el trabajo de Hateman consistía en dar vueltas por todo el comedor, en cuestión de minutos volvía a estar en su rango. Como la vez anterior, pasó a su lado, con andar estirado, mirando siempre al frente y dijo:

- Joder, ¿no vendrá usted andando por la mañana? ¡Si vive usted en Mordor, hostias! - y continuó su ronda en busca de una mesa libre, el hombro izquierdo ligeramente levantado y media sonrisa disimulada por el frondoso mostacho.

Y así fue como el Novato acabó cada mañana sentado en el asiento del copiloto del viejo mercedes negro del señor Hateman. El coche, al igual que su dueño, era negro tanto por fuera como por dentro. Al cuero negro de los asientos había que sumarle un ambiente denso y oscuro debido al tabaco, que no paraba de fumar, desde que ponía primera hasta que aparcaba en la parte de atrás del Hotel. Las pruebas del delito quedaban a vista de todos alrededor del cenicero, repleto hasta tal punto que las colillas y la ceniza se desbordaba, esparciéndose por todos lados, llegando incluso hasta el freno de mano.

- Grgahgfdjjj@#-%hf contado la del seiscientos, hgfdgj#@@-&, o no? - insistió Hateman en una mezcla de nazgul y lengua negra de Mordor (negra, claro)

- Em, no señor, no me suena. - respondió volviendo a la realidad.

- Joder, iba yo con mi seiscientos por la carretera, cuando era joven hostias, de esto hace la vida… - empezó a contar, entre calada de cigarro negro (si, fumaba negro por supuesto) y cambio de marcha - y llevaba a una rubia, hostias, ni me acuerdo de donde la encontré. - el bigote se le movió dejando entrever un cierto atisbo de sonrisa maligna, como si con aquél apunte ya quedara claro a que se refería.

La verdad es que al Novato aquella historia le sonaba. Le sonaba demasiado. Se la contaba cada mañana. Y no importaba que uno dijera que ya se la había contado. Hateman a aquellas horas del día no atendía a razones y la contaba igual. Aunque en realidad no atendía a razones a ninguna hora del día. Pero de buena mañana, con la voz rasposa del tabaco y de no haber dormido las ocho horas reglamentarias, las razones se esfumaban completamente, aún más.

Así que el Novato asentía, poniendo su mejor cara de sorpresa, tratando de evitar que el señor Hateman detectara su pequeña mentira.

- No me diga…

- Si si, rubia y estaba gahgfdjjj@#-%hf que no veas, y entonces de repente se agacha y… - se dispuso, como cada negra mañana, a describir con pelos y señales lo que aquella rubia, posiblemente imaginaria, fruto más bien de los desvaríos de su mente, hizo y dejó de hacer entre el asiento y el volante del piloto.

- Vaya…

- Y claro, gahgfdjjj@#-%hf no había quien pudiera mantener el control gahgfdjjj@#-%hf del volante, y hostias, tuve que parar en la cuneta porque joder gahgfdjjj@#-%hf nos matábamos ¡hostias! - sentenció y comenzó su peculiar risa entrecortada, lo más parecido a una carcajada sincera, casi ahogándose, porque fumar no paraba de fumar, ni riendo. - Ja ji ji cof cof ja ji cof cof gahgfdjjj@#-%hf

El Novato se reía, por supuesto, aunque no encontrara el más mínimo motivo para hacerlo. Había aprendido a base de palos que aquél señor recubierto de negro era más importante que cualquier cosa. Era el que decidía si descansas una vez por semana o no, y eso señores, en la vida de un camarero, es decidir entre la vida y la muerte.

Así que nuestro sufrido Correcaminos sacó un cigarro, rubio, por aquello de darle un toque de luz a toda aquella oscuridad rancia y casposa, y lo encendió mientras decía:

- Vaya señor Hateman, aquello tuvo que ser épico.